La teología ante el proyecto escatológico de la modernidad

por Jürgen Moltmann

 

Partiendo de las ideas expuestas en su «Escatología cristológica», publicada en 1995, el teólogo de la esperanza analiza la génesis del mundo moderno y pone de relieve la profunda contradicción entre el mesianismo de la modernidad y sus efectos fatales para el Tercer mundo, la ecología y la relación con Dios. Siendo la concepción de la modernidad necesaria y a la vez imposible, se imponen cambios profundos en nuestras sociedades. Es indispensable que ellas reinventen la modernidad inspirándose en la visión del Reino de Dios: reconocimiento del otro, igualdad y solidaridad, inmanencia escondida de Dios en la naturaleza. 

Theologie im Projekt der Moderne, Evangelische Theologie 55 (1995) 402-415.

Es simple, pero verdadero. La teología no tiene más que un problema: Dios. Somos teólogos por razón de Dios. De lo contrario, no deberíamos llamarnos así. Dios es nuestra dignidad, nuestro sufrimiento, nuestra esperanza.

Pero ¿dónde está Dios? Una primera respuesta es: Dios es el sujeto de su propia existencia. Por tanto, Dios no está en nuestra religión, en nuestra cultura, en nuestra Iglesia. Dios está en su presencia, en su schekhiná (inhabitación terrestre), en su Reino. Nuestras Iglesias, culturas, religiones, están en su verdad, si están en la presencia de Dios. La teología por razón de Dios es siempre teología-del-Reino-de-Dios. «Toda teología de la liberación sana y fecunda —afirma Gustavo Gutiérrez— está enraizada en la teología del Reino de Dios». Y lo mismo vale para la teología política en cualquiera de sus formas. Como teología del Reino de Dios, la teología ha de ser pública: ha de participar en la problemática pública de la sociedad. Y ha de saber juntar la denuncia de Dios y la esperanza de Dios, pública, crítica y profética. El carácter público es constitutivo de la teología. La teología pública requiere libertad institucional respecto a la Iglesia y un lugar en el espacio público de las ciencias. Esta libertad debemos defenderla hoy contra ateos y fundamentalistas.

Para llevar a cabo hoy y mañana esa tarea teológica del Reino de Dios, resulta indispensable comprender la teología que está implícita en nuestro «mundo moderno» y captar cómo nació este mundo y de dónde le viene su vitalidad, así como sus malformaciones genéticas. En realidad, el «mundo moderno» es hijo de la esperanza judía y cristiana. Por esto, en la primera parte trataré de ese nacimiento del mundo moderno a partir de la esperanza mesiánica. 

El problema del mundo moderno no reside sólo en el pluralismo, sino en la polarización moderno-submoderno. Por esto, en la segunda parte, trataré de la contradicción entre la modernidad y la submodernidad. En otras palabras: abordaré el tema de los últimos tiempos del mundo moderno.

I. GÉNESIS DEL MUNDO MODERNO A PARTIR DE LA ESPERANZA MESIÁNICA 

Antes de la Ilustración, el mundo moderno tuvo dos orígenes significativos: 1) el descubrimiento y la conquista de América a partir de 1492; y 2) el dominio científico-técnico del hombre sobre la naturaleza.

1. En 1492 se puso el fundamento del nuevo orden mundial. Entonces el centro del mundo se situó en Europa. Según Hegel, en 1492 nace la modernidad. Tanto hacia occidente como hacia el oriente se «descubre» un mundo nuevo. «Descubrir» es más que encontrar. El «descubridor» se adueña de lo extraño y le da su nombre. «América» no fue reconocida. Los descubridores se apropiaron de ella y la configuraron a su voluntad. «América es una invención del pensamiento europeo» —afirma el historiador mejicano Edmundo O’Gorman. Hasta hoy no se ha contado con las culturas de los aztecas y los incas, sino que se las sacrificó. Las islas, montañas y ríos, que poseían desde antiguo su nombre aborigen, fueron rebautizados. Dar nombre es adueñarse. Y lo mismo sucedió con las lenguas de los pueblos «descubiertos»: fueron vetadas y oprimidas. La expoliación fue legitimada por el mito de la «tierra de nadie». Con la conquista de América, el cristianismo europeo emprendió el dominio del mundo. No conquistó las almas para el Evangelio, sino para el imperio cristiano. No había que decidir entre «creer o no creer», sino entre «bautismo o muerte».

2. El otro fundamento del nuevo orden lo puso el dominio científico-técnico. En el siglo que va desde Copérnico a Newton las nuevas ciencias le arrebataron a la naturaleza su hechizo. Cayó el tabú del temor ante la «Madre tierra». Las ciencias de la naturaleza condujeron a «la Madre naturaleza y a sus hijas» al que, con lenguaje machista, Bacon y Descartes denominan «el hombre», para que sea señor y dueño suyo. Aquí, los «descubrimientos» son galardonados con «premios Nóbel». En realidad, esos «descubrimientos» cambian la relación entre los objetos y nosotros mismos. La razón científica es la razón instrumental, una razón cuyo interés se orienta al provecho y al dominio y que eliminó la antigua razón receptiva, órgano de comprensión, y la todavía más antigua phrónesis, razón que se basa en la experiencia. Según Kant en la Crítica de la razón pura (prólogo a la 2ª ed.), la razón moderna sólo ve lo que «ella misma produce, según su propio proyecto, al forzar a la naturaleza a responder a sus preguntas». A esta coacción de la naturaleza se le llama «experimentación». Hoy sigue en vigor el lema de Bacon: «Saber es poder». El saber científico es poder sobre la naturaleza y sobre la vida. Gracias a la ciencia y a la técnica, Europa adquirió aquel dominio que, a base de los recursos de las tierras colonizadas, le permitió construir una civilización mundial, cuyo origen nadie sabe, porque lo mismo funciona en Frankfurt que en Chicago o en Singapur. Hubo quien, por esa victoria de la civilización occidental denominó el siglo XIX «el siglo cristiano». ¡Todavía se publica una revista con este nombre!

3. ¿Cuáles fueron las esperanzas cristianas que motivaron esos «descubrimientos»? Se trataba de la concepción de un Nuevo Mundo. 

Por lo visto, Colón buscaba tanto el jardín divino del Edén como la ciudad de oro de Eldorado. Dios y el oro fueron las fuerzas motoras de la conquista. El oro no debía servir sólo para el enriquecimiento personal. Su ansia de oro la legitimó también con la reconquista de Jerusalén. En su profecía, Joaquín de Fiore aseguraba que «el que devolverá el arca a Sión vendrá de España». Jerusalén debía ser la capital del reinado de los mil años. Colón creyó también, con más firmeza que otros, en el paraíso terrenal. Al contemplar las ondulantes colinas de Venezuela, alucinó y escribía en 1498: «Allí se encuentra el paraíso terrenal, al que nadie llega, si no es por voluntad de Dios». Él comprendió su misión de una forma tan mesiánica y apocalíptica como lo pudieron hacer, tras él, numerosos conquistadores y colonizadores. Era el «nuevo cielo y la tierra nueva». Y es que América activó la imaginación utópica de Europa. Baste recordar la Utopía de Tomás Moro (1516) y la Civitas solis de Tomás Campanella (1623).

4. ¿Cuáles fueron las esperanzas cristianas que motivaron la civilización moderna? En este caso se trataba de la idea de los Tiempos modernos. 

El marco dentro del cual cabe interpretar el reiterado dominio de Europa sobre el mundo está constituido por la esperanza milenarista de que, a su vuelta, Cristo y sus santos reinarán durante un milenio, que constituirá la última y dorada era de la humanidad, antes del fin del mundo. Es bien sabido que muchos inmigrantes y piadosos colonizadores que se establecieron en Norteamérica y exterminaron a los indios, como si fuesen los amalecitas de la Biblia, estaban marcados por este milenarismo. Norteamérica se formó con todo tipo de poblaciones de aluvión: colonizadores venidos de Europa; afroamericanos deportados de África y luego, tras larga y cruenta lucha, integrados; inmigrantes de todas las partes del mundo. USA constituye un experimento moderno singular de una representación universal de la humanidad. Y por esto resulta también singularmente peligroso. Aun hoy, todo Presidente de los EE.UU., en su discurso inaugural invoca la «fe mesiánica de nuestros padres».

Con el comienzo de la modernidad, una oleada de esperanza mesiánica surcó Europa. Esperanzas escatológicas de tipo milenarista siempre habían existido en el cristianismo. Pero, con la modernidad, surgió una nueva manera de expresar el tiempo: ahora sí que ha llegado el tiempo del cumplimiento; hoy esta esperanza puede convertirse en realidad; secularización no significa mundanización, sino realización de lo religioso. De ahí que en Alemania a la época moderna se le llamase «tiempo nuevo» (Neu-zeit). Se trata de la época final de la historia (End-zeit). Ahora concluye la historia del mundo; ahora la humanidad alcanzará la perfección; ahora se pone en marcha un progreso imparable en todos los ámbitos. Ya no existe alternativa. Llegados al fin de la historia, ha comenzado la posthistoria. 

Ahora se ha realizado el dominio de los santos sobre los pueblos y se ha restablecido el dominio del hombre sobre la tierra. Lo que el hombre había perdido con el pecado original —el dominium terrae— las ciencias y la técnica se lo han devuelto (Bacon). Ahora el hombre ha pasado de menor de edad a adulto, pues, a partir de ahora puede usar libre y abiertamente de su razón (Kant). El hombre es bueno y moralmente puede siempre mejorar. Ese optimismo posee también una base milenarista: Satán está sujeto por mil años, para que la humanidad pueda desarrollarse sin trabas.

El escrito de Lessing sobre La educación del género humano (1777) constituye la base de la Aufklärung (ilustración) alemana. Es mesiánico de cabo a rabo. No hace sino proclamar la «tercera edad» del Espíritu prometida por Joaquín Fiore. Ésta comienza con el paso de todos los hombres razonables de una «fe eclesiástica únicamente histórica» a una «fe en la razón, común a todos». Con ella, sin mediación eclesiástica, cada hombre reconoce la verdad y, sin directivas eclesiásticas, se hace el bien por sí mismo. Del «plan salvífico de Dios» se pasó al progreso de la historia. Así, la revolución francesa con su sentimiento de humanidad —«todos los hombres han sido creados libres e iguales»— y su democracia se convirtió, para Kant, en la señal histórica del desarrollo positivo de la humanidad. También los filósofos pueden tener su utopía mesiánica. La suya consistía en una especie de «Sociedad de naciones» (foedus amphictyonicum) que garantizaría la «paz perpetua».

Ante ese mesianismo de la modernidad se comprende por qué, para Kant, la pregunta religiosa ya no es «¿qué nos liga al origen?» o «¿qué es lo que me asegura la eternidad?», sino «¿qué puedo esperar». Sólo un futuro en el que se pueda esperar da sentido a la vida en la historia. El futuro esperado constituyó para la modernidad un nuevo paradigma capaz de trascender la historia.

II. LA CONTRADICCIÓN ENTRE MODERNIDAD Y SUBMODERNIDAD 

Por convencidos que estemos del progreso, no podemos dejar de constatar las víctimas que la modernidad ha producido en la submodernidad. La brillante historia del progreso de los países europeos tiene su sombrío reverso en la historia de los sufrimientos del Tercer mundo. Mientras Lessing y Kant publicaban sus escritos, más de dos millones de esclavos negros eran vendidos anualmente en África y luego exportados a América. La industrialización se realizó en detrimento de la naturaleza. El progreso, pues, del mundo moderno se ha realizado a costa de otros pueblos, de la naturaleza y hoy incluso de las futuras generaciones.

Para los países oprimidos del Tercer mundo y para la tierra expoliada y reducida al silencio, el mesianismo de los tiempos nuevos no ha sido más que el apocalipsis de su aniquilación. Pero, como los mundos humanos fragmentarios no dejan de estar inseparablemente unidos unos con otros y ninguna cultura humana puede prescindir del ecosistema de la única y común tierra, la ruina del «Tercer mundo» acarreará la ruina del «Primero» y la destrucción de la tierra hasta la desaparición del género humano.

1. La economía de los últimos tiempos. Es de todos conocido el triángulo comercial transcontinental con un ángulo en África, otro en América y el último en Europa. De África partían hacia América mano de obra barata —esclavos— para trabajar en plantaciones, minas, etc. De allí se exportaban minerales preciosos y toda clase de productos y materias primas hacia las metrópolis europeas. Y desde Europa se recomenzaba el ciclo a base de productos manufacturados, vendidos a precio de oro, y otros medios económicos. Es así como se sacrificaron pueblos enteros en el altar del desarrollo europeo. Hoy, aun cuando los países industrializados cuenten con la mano de obra barata de los inmigrantes del Tercer mundo, el desinterés por los países de África y de América Latina va en aumento. En esta línea, en el mundo sobrarían hoy seres humanos y sobrarían mercados. Indicios claros de esta situación: la «anarquía galopante» en África. Los Estados de África occidental se disuelven y resultan ingobernables. La falta de un poder gubernamental bien organizado y la destrucción ecológica de los países produce un éxodo hacia las ciudades, en cuyos suburbios muchedumbres famélicas son presa de toda clase de epidemias. Es previsible que, dentro de poco, el éxodo se produzca hacia los países ricos, que se blindarán con una especie de telón de acero.

2. La ecología de los últimos tiempos. Con el comienzo del mundo moderno comienza también el «fin de la naturaleza». La expansión de la civilización científico-técnica conduce al exterminio de cada vez más especies de plantas y animales. El dióxido de carbono y el gas metano producen el «efecto invernadero», que repercutirá en los comienzos del próximo milenio. La cantidad de alimentos y de residuos aumentará proporcionalmente. El ecosistema humano ha perdido el equilibrio. A esta crisis, que se le ha dado en llamar «polución del entorno», se le buscan soluciones técnicas. Pero, en realidad, se trata de una crisis del gran proyecto de la civilización moderna. La destrucción de la naturaleza es consecuencia de que se ha alterado la relación hombre-naturaleza. Si no se reorientan los valores fundamentales de la sociedad y no surge una nueva manera de tratar a la naturaleza, una nueva comprensión del ser humano y un sistema económico alternativo, la crisis actual acabará en colapso ecológico de la tierra.

¿Cuáles son los intereses y los valores que rigen la civilización moderna? No hay duda de que es la voluntad de poder la que impulsa al hombre moderno a dominar sobre la naturaleza y sobre su propio cuerpo. La civilización moderna es una cultura de expansión con relación a los otros países y con la naturaleza. Ha perdido la sabiduría de la autolimitación y del mantenimiento del equilibrio entre cultura y naturaleza, mantenido por otras sociedades premodernas o extraeuropeas, que hoy llamamos «subdesarrolladas». Y se pierde en los pueblos que pretenden llegar al nivel de vida occidental. De ahí surgen las preguntas hoy decisivas: ¿significa necesariamente la sociedad industrial el «fin de la naturaleza» o debe la naturaleza ser protegida contra dicha sociedad industrial? ¿es la biosfera indispensable para la tecnoesfera humana o puede ésta ser ampliada hasta el punto de poder prescindir de la biosfera? ¿hemos de defender la naturaleza de nosotros, seres humanos, y esto por razón de sí misma, o bien hay que transformar la tierra en un mundo artificial, como una nave espacial, en la que podrían existir seres humanos producidos por manipulación genética?

3. La crisis de Dios (J.B. Metz). Se comprende que, ante las contradicciones del mundo moderno, el hombre moderno experimente una profunda crisis de confianza. Cuando no se sabe si hay futuro se pierde la confianza en el tiempo. Se quebranta la confianza cuando la tierra se convierte en un montón de basuras. La confianza en el hombre se destruye ante los asesinatos en masa. Y no me refiero simplemente a la pérdida de seguridades religiosas. Porque ofertas de seguridades religiosas las hay hoy sin fin ni cuento. Se trata de algo mucho más profundo: la pérdida de la certeza de Dios y de sí mismo. En 1886 lo expresó Nietzsche profética y patéticamente: «El suceso reciente más importante (es) que Dios ha muerto». La generación de mi padre lo experimentó en la primera guerra mundial, en la que los pueblos cristianos europeos más avanzados se destrozaron mutuamente. Mi generación lo experimentó en las increíbles atrocidades y en la insoportable responsabilidad de Auschwitz, donde millones de judíos y de otras personas fueron eliminados en las cámaras de gas. Hoy nos preguntamos si nuestro progreso se puede montar sobre las víctimas del Tercer mundo. Los fundadores de la modernidad pensaban en una nueva era gloriosa para toda la humanidad. Pero nosotros sobrevivimos en islas en medio de un mar de miseria. Ellos creían que todos los «hombres han sido creados libres e iguales». Pero nosotros sabemos que nuestro estilo de vida no es universalizable. A la anarquía creciente del Tercer mundo corresponde una apatía creciente en el Primer mundo. Nuestra frialdad social respecto a los desfavorecidos es expresión de nuestra frialdad respecto a Dios. El cinismo de los modernos manipuladores es expresión de nuestro desprecio de Dios. Hemos perdido a Dios y Dios nos ha dejado. Por esto no nos inquietan ni el sufrimiento que hemos causado en los otros ni las deudas que legamos a las generaciones futuras. Lo vemos, pero no nos conmueve lo más mínimo. Estamos como paralizados. No es nuestro poder lo que se manifiesta, sino nuestra impotencia. Y como esa apatía se generaliza cada vez más, es que se funda en un alejamiento objetivo de Dios: Dios oculta su rostro y está lejos de nosotros.

Los grandes sueños de la humanidad que, desde el comienzo, suscitaron el proyecto de la modernidad, eran necesarios pero imposibles: iban más allá de las capacidades del hombre. Ni Méjico era Eldorado ni el paraíso se encontraba en Venezuela. USA no es el nuevo mundo en sentido mesiánico. Los descubrimientos científicos y el dominio de la técnica no han hecho del hombre la imagen de Dios. Las ideas humanitarias de la Ilustración no han mejorado moralmente al hombre ni han llevado la historia a su término. El mesianismo del Primer mundo ha generado tiempos apocalípticos en el Tercero y en la naturaleza. En definitiva: no sabemos a dónde nos lleva el proyecto de la modernidad. Ésta es la «crisis de orientación» que tanto nos agobia: no sabemos si nuestro pensamiento y nuestros trabajos sirven para la vida o para la muerte. Es la «crisis de sentido».

III. EL RENACIMIENTO DE LA MODERNIDAD POR EL ESPÍRITU DE VIDA 

La visión de la modernidad es imposible y, no obstante, necesaria. Para la idea de la dignidad y los derechos del hombre no existe más alternativa que la barbarie. Para el ideal de la paz perpetua no existe más alternativa que la guerra continua. Para la fe en un Dios y para la esperanza en su Reino no existe más alternativa que el politeísmo y el caos. ¿Qué hemos de conservar y qué hemos de desechar del proyecto de la modernidad? ¿Qué hemos de reinventar para que este proyecto no fracase definitivamente?

1. La esperanza en Dios sin triunfalismos ni milenarismos: el Dios de los «tiempos nuevos» es el «Dios que viene». El Dios de la Biblia es «el que es, era y será» (Ap 1, 4). La diferencia no reside, pues, en el qué, sino en el dónde: ¿dónde se presenta ahora Dios? ¿dónde podemos estar tan seguros de su presencia que seamos capaces de vivir y actuar con la confianza en él y en nosotros mismos? El mesianismo de la modernidad decía: con Dios dominaremos la tierra y con Cristo juzgaremos los pueblos. No, no es con nuestro dominio, sino con nuestro sufrimiento con lo que Dios se hace presente mediante su Espíritu que da vida. Es en nuestra debilidad en la que se muestra la fortaleza de Dios.

¿Qué es, según el Apocalipsis, lo que precede al reinado de los mil años? La oposición contra la «Bestia del abismo» y el gran rechazo a ofrecer sacrificios a los ídolos. Antes del milenio está el martirio. Sólo «si morimos con él viviremos con él» (2 Tm 2, 11). Todo esto se lo ha saltado el mesianismo de la modernidad. De ahí la imagen espantosa de una Babilonia convertida en cristiana y en la que se desarrollaría el reinado de los mil años. Pues ¿a qué otra cosa podía referirse Francis Fukuyama, cuando en 1989, tras el desplome del «socialismo real» proclamó «la economía de mercado y la democracia liberal» como el «fin de la historia»? ¿Dónde está Dios? ¿Dónde nos sale al encuentro en nuestra historia? Antes de que su reinado eterno comience, él está presente en su Schekhiná. Tras la destrucción del primer templo en 587 a.C. ¿podía la presencia de Dios continuar manifestándose en el templo? La respuesta fue: la Schekhiná o inhabitación del Señor se fue con los cautivos a Babilonia y se solidarizó con sus sufrimientos. Dios es el compañero de camino de su pueblo. Según el Evangelio, el Verbo de Dios se «hizo carne» en Jesús y «plantó su tienda entre nosotros» (Jn 1, 14). Ésta es la teología neotestamentaria de la Schekhiná. Dios es nuestro compañero de camino y sufre con nosotros. Y, si sufre con nosotros, nos da la certeza de Dios y de nosotros mismos en el exilio de este mundo.

Estamos dispuestos a reconocer a Dios, el Absoluto, en aquello en que se nos parece. En lo que se nos asemeja nos confirma; en lo que nos resulta extraño, nos deja inseguros. Amamos a los que se nos parecen y tememos a los extraños. Es la forma autocomplaciente de la justicia social. Es típicamente milenarista: Dios es como nosotros – nosotros somos como Dios. Dios está de nuestro lado. Así se «descubrió» América.

Damos un paso hacia adelante cuando intentamos reconocer y respetar a Dios como el «totalmente Otro», justo en lo que nos resulta distinto y extraño (Lévinas). Respetamos a los otros y a los extraños si cejamos en nuestro intento de asimilárnoslos, nos abrimos a lo que es propio suyo y formamos con ellos la comunidad de los diferentes. La aceptación del otro constituye la auténtica forma de justicia social. Pero esto supone una relación con Dios: que nos reconozcamos aceptados y justificados por Dios como distintos de él y como extraños.

Damos un paso más cuando intentamos reconocer y aceptar a Dios como la víctima del ansia humana de dominio en las víctimas de nuestra violencia. Dios —la víctima en las víctimas— es el «Dios crucificado» que nos mira en los ojos mudos de los muchachos de la calle. Cuando el Arzobispo Óscar Romero descubrió esto, se opuso a los poderosos y fue asesinado.

«Dios ha muerto —nosotros le hemos matado», había afirmado Nietzsche. Lástima: no sabía dónde le habíamos matado. Matamos a Dios cuando hacemos de su propia imagen la víctima de nuestra violencia, cuando excluimos al extranjero y le echamos, cuando, para salvar nuestra vida, aceptamos la muerte de otros muchos seres vivientes. Pues Dios es un Dios viviente. Por esto quien atenta contra la vida atenta contra Dios. Y el que no ama la vida no ama a Dios.

2. El proyecto de la modernidad proclamó el principio «todos los hombres son iguales y libres». En las democracias occidentales hemos comprendido lo que significa la libertad individual frente al poder del Estado. Pero la libertad de todos los seres humanos, prometida por los derechos del hombre, está lejos de ser una realidad. Se necesitarán todavía muchos movimientos por los derechos civiles y muchos movimientos de liberación para que esta promesa se realice. Y, sin embargo, el proyecto de la modernidad no prevé lo contrario, o sea, que sólo algunos seres humanos son libres y los otros no lo son. Pero la sociedad de los hombres libres y no libres existe de hecho, aunque no tenga legitimidad alguna. El socialismo real se había apropiado del principio de igualdad. Pero lo traicionó hasta el punto de que hoy nadie se atreve a hablar de «igualdad» de todos los seres humanos, al menos a nivel económico. Y, sin embargo, no existe la libertad universal para cada ser humano sin una igualdad fundamental de todos los hombres. Sin igualdad, la libertad no es universalizable. Pero ¿de qué igualdad hablamos?

El concepto social de igualdad se llama justicia. El concepto ético de igualdad significa solidaridad, un amor entre hermanos y hermanas, como el humanismo ha expresado de una forma tan cristiana: ¡philadelphia! ¿Es esto puro idealismo? Para mí, se trata de puro realismo para la supervivencia de la humanidad. Sin establecer condiciones de vida comparables en todos los países, no podremos parar los movimientos migratorios del siglo XXI. Ejemplos recientes: la unificación de Alemania y la Europa unida. Lo mismo sucederá con el conflicto Norte-Sur. La tarea social del porvenir será la igualdad. No se trata de igualdad «a nuestra imagen», sino de la igualdad que resulta del reconocimiento del otro y de la reparación a favor de nuestras víctimas.

3. Nos hallamos, y no en último término, ante una revolución ecológica de nuestra sociedad y una reforma ecológica de la religión del hombre moderno. Para esto necesitamos una nueva arquitectura teológica. La idea moderna de la humanidad se ha desarrollado en detrimento de los otros seres vivientes: sólo el hombre es imagen de Dios; él ha sido llamado a dominar la tierra. Una nueva espiritualidad cristiana redescubrirá la inmanencia de Dios, oculta en la naturaleza. «Ninguna creatura está tan alejada de Dios que no contenga ninguna traza suya» (Tomás de Aquino). El Espíritu de Dios lo mantiene todo en vida y el Cristo cósmico está en todas las cosas. «Levanta una piedra y me encontrarás» (Evangelio de Tomás). Una nueva doctrina cristiana de Dios juntará de tal forma trascendencia e inmanencia de Dios, que la respuesta al monoteísmo no debe ser el panteísmo. Una nueva antropología ni androcéntrica ni antropocéntrica liberará las dimensiones oprimidas de la corporalidad y de la sensualidad de la existencia humana y con esto preparará el camino para una nueva integración de la cultura humana en la naturaleza de esta tierra, del alma humana en el cuerpo y de la razón moderna en el contexto más amplio de la sabiduría (sophía y phrónesis).

El proyecto de la civilización científico-técnica se ha convertido en el destino de la humanidad. No podemos continuar como hasta ahora, sin ir a parar a una catástrofe universal. Pero tampoco podemos retirarnos para que ésta no nos coja debajo. Sólo queda una reforma a fondo del mundo moderno, para cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde. ¡Inventemos de nuevo el mundo entero! Libremos el porvenir de la violencia del presente de la modernidad. De las ruinas de la razón histórica salvemos la esperanza cristiana. Y de los escombros del milenarismo que se ha derrumbado y de sus secuelas secularizadas resurgirá la escatología teológica con su horizonte trascendente.

Tomado de:

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