Para una reforma ecológica

Por Jürgen Moltmann

  

¿Tienen los creyentes un mensaje de esperanza para el mundo? De hecho, la destrucción de la naturaleza comporta la de toda civilización. Por ello, sólo cuando los cristianos reflexionan sobre el futuro de esta sociedad, amenazada de muerte, inician la experiencia que los hace verdaderamente cristianos. Sólo cuando se comprometen en la reforma del mundo, según el paradigma de la Alianza, responden al don de Dios que justifica gratuitamente a los seres humanos y participan en la anticipación del Reino de Dios. 

Für eine Ükologische Reformation, Evangelische Kommentare, 21 (1988), 1/35-38

Ciertamente la Iglesia no tiene el derecho, en una sociedad pluralista, de hablar para todos los hombres, creyentes o no creyentes. Sin embargo, en tal sociedad los hombres tienen el derecho a oír lo que los cristianos tengan que decirles. De las Instituciones cristianas aquellos hombres no confían obtener ningún mensaje que, de cara al futuro, merezca la pena vivirse. Sin embargo, ¿acaso no es la Iglesia verdadera de Jesucristo la realidad de una conversión que tiene que alcanzar la plenitud, la realidad de aquel nuevo nacimiento que se abre a una nueva esperanza? ¿No es acaso, la unidad de esta conversión y de este renacer, el sacramento de la esperanza en Dios y en el futuro del mundo?

Cuando la Iglesia se compromete en los conflictos sociales que le toca vivir, lo hace en nombre de Dios. Los compromisos sociales, asumidos por los cristianos, constituyen a éstos en testigos de Cristo, y la responsabilidad política de la Iglesia nace de la raíz profunda de su divina misión. De no ser así, ambas cosas resultarían superfluas. Ahora bien, ¿qué es lo que constituye a los creyentes, en verdaderos creyentes y a la Iglesia, en verdadera Iglesia de Cristo? La acción de Dios en nosotros, hombres esclavos y pecadores, por medio de Jesucristo: «Jesús que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (Rm. 4,25). Todo lo que determina el ser cristiano y todo lo que la Iglesia es y puede hacer, se debe a esta acción de Dios en Cristo Jesús.

La Iglesia, pues, no es otra cosa que el fruto de la justificación de Dios, mediante la pasión, la criatura que ha sido objeto de su justificación. Y la unión de ambas, la obra de la acción de Dios que las constituye y les otorga una vida nueva gratuitamente. Ahora bien, en la medida en que la Iglesia es la obra de la acción de Dios que justifica y libera, ella es el instrumento de esta acción de Dios en el mundo. De la justificación del hombre pecador se sigue la misión salvífica. De la reconciliación del hombre que carecía de libertad se sigue la misión liberadora en medio de los conflictos sociales.

La fe no equivale a resignación 

En la medida en que los hombres deben por entero su justificación a Dios, Dios se encuentra también por entero en la acción del hombre que ha sido justificado por El. Cuando Dios justifica imprime en el corazón el hambre y la sed de la justicia. Dios nos da su paz, para constituirnos en anunciadores de la paz. Quien no permite que la paz de Dios invada su espíritu, quien pretende fundamentar en sí mismo su paz, no conoce la dinámica del Espíritu de Dios. Sólo como obra de Dios e instrumento de su gracia, la Iglesia existe en el mundo moderno. Los conflictos ecuménicos, políticos y sociales de esta sociedad, son sus propios conflictos. Cada cristiano los experimenta en su propia carne. Cuanto mayor es su fe en la justicia de Dios, tanto más padece en su corazón las injusticias que él ve. Si no existiera Dios, cabría la resignación ante la injusticia y la violencia. Pero si existe Dios, el Dios de la justicia, entonces no puede darse resignación alguna.

Cuanto con más precisión la Iglesia conoce su contexto social, tanto más puede llegar a ser un instrumento eficaz de la justicia de Dios en la sociedad. La teología política de Europa y la teología de la liberación en América latina han despertado nuestra conciencia con respecto a nuestro contexto social y político. Esto no tiene nada que ver con una politización izquierdista de la Iglesia, como muchos denuncian, sino con el testimonio público cristiano que tiene que dar la Iglesia, y con la responsabilidad que cada creyente tiene que asumir ante las exigencias de la justicia divina. Si la Iglesia es la obra y el instrumento de la justicia de Dios en el mundo, entonces es ella el comienzo y la garantía de la nueva creación que en esa justicia deberá acontecer en el mundo. Si en la Iglesia se llega a experimentar la paz divina, entonces surgirá de ella la esperanza de paz para toda la tierra. La fe asume la paz de Dios; la esperanza anticipa el mundo de la paz y la justicia que está por venir. La fe encuentra el consuelo de Dios en cualquier sufrimiento; la esperanza mira hacia el futuro de la nueva creación, en la cual no se dará ya jamás sufrimiento o injusticia alguna.

La reforma del mundo 

En las discusiones ecuménicas hemos llamado a esta vida de esperanza, «vida en anticipación»: preparad los caminos del Señor. Si es verdad que en nuestros días han aumentado enormemente la angustia y el temor, sin embargo sostengo hoy más que antes la proclamación que hicimos en Upsala: «Esperando en la fuerza innovadora de Dios os llamamos a participar en la anticipación del Reino de Dios y a que hagáis visible algo de la nueva creación que Cristo, en su día, llevará a su perfección».

Todos los hombres viven de «anticipaciones». Aun los que hoy en día niegan todo futuro, anticipan su propio fin. Los cristianos, por el contrario, anticipan el futuro de la nueva creación, del Reino de la justicia y de la libertad, no porque sean optimistas, sino porque ellos creen en el Dios de toda justicia y fidelidad. Ciertamente, nosotros no vamos a hacer efectivo el Reino de Dios y de su justicia en este mundo. Sin embargo nosotros no podemos dispensarnos de esta tarea, porque tal es la voluntad de Dios. Una anticipación es un preguntar, un signo de esperanza, y un inicio de la nueva vida.

La nueva sociedad industrial ha conducido a un individualismo tal que cada cual se ocupa de sus cosas, sin preocuparse apenas de los demás. Por causa del principio de la competitividad, los fuertes son recompensados y los débiles castigados. Cuando se produce escasez de medios de vida, de ofertas o de plazas de trabajo, surge la lucha de todos contra todos, puesto que no pueden satisfacerse todas las demandas. El resultado no es otro que el de una sociedad opulenta que exige siempre mayor número de hombres marginados y oprimidos. Así llegamos a un nuevo tipo de «Apartheidssystem». Si los hombres han de poder vivir de nuevo más humanamente en nuestra sociedad, entonces debemos construir comunidades desde abajo y conocer que los hombres sólo pueden desarrollar su personalidad en relaciones sociales y comunidades. La alternativa a la pobreza no está en la posesión de riqueza. La alternativa tanto para la pobreza, como para la posesión está en la vida en común. En comunidades llegamos a ser ricos: en amigos, en vecinos, en compañeros, en relaciones fraternales, a quienes nos podemos confiar en caso de necesidad. Unidos solidariamente podemos ayudarnos unos a otros en momentos difíciles; si, por el contrario, nos dividimos, sufriremos la discriminación, seremos débiles, de acuerdo con el adagio romano: «divide y vencerás». Por esta razón, la solidaridad es el escudo que salvaguarda la libertad de las personas. Nuestra sociedad es una organización centralista que ha empobrecido nuestros ayuntamientos y ha condenado a la emigración a multitud de campesinos. Es preciso, pues, revitalizar las antiguas comunidades y encomendarles los cometidos y las funciones que tuvieron y que les fueron arrebatadas por la organización estatal.

El derecho al trabajo 

Lo que acabamos de decir vale también para la Iglesia establecida. En ella nosotros hemos quitado las funciones misionales, ecuménicas y de servicio a las iglesias locales, delegándolas en grandes asociaciones. Ello ha empobrecido a las comunidades locales, sumiéndolas en la pasividad. Por ello reivindicamos que tales cometidos vuelvan a ellas y recuperen su originario carácter misional y de servicio. Las comunidades locales pueden desempeñar tales papeles por sí mismas desde el momento en que logren ser comunidades de vida cristiana. Así aconteció en la primera comunidad de Jerusalén (Hch 4,31 ss.).

En este contexto hay que situar el problema del paro. El trabajo es una condición fundamental de la vida humana. El trabajo asegura los medios para la subsistencia, pero crea también el reconocimiento social y la conciencia del propio valor personal. Por esta razón, el derecho al trabajo no es sólo un bien material, sino un derecho profundamente personal. El modo que tenemos de trabajar, de elegir nuestras posibilidades laborales y de administrar nuestros ingresos y propiedades, determina nuestro futuro. Respecto a la justicia en los diversos ámbitos de trabajo, hay que afirmar, por lo menos, la necesidad del reparto de las diversas posibilidades laborales a hombres y mujeres acortando la jornada laboral y creando nuevos puestos de trabajo, añadiendo la ulterior formación del trabajador y el reconocimiento social del trabajo en el hogar. La superación del paro masivo y del empobrecimiento en las sociedades occidentales, no el crecimiento económico, será lo que indique el grado de humanidad de estas sociedades.

La solidaridad con los ancianos y los jóvenes 

Los hombres no sólo son seres sociales por naturaleza, sino también generacionales. Por esta razón es de gran importancia para la vida humana no romper el contrato generacional fundamento de toda vida. Porque todo hombre vive en la cadena de generaciones y a ella debe su vida, tiene la obligación de cuidar tanto de los ancianos, como de la generación joven.

Hay un egoísmo que no sólo es personal y colectivo, sino también de la generación actual frente a las generaciones futuras. Hoy nos amenaza una ruptura generacional que puede llegar a ser mortal para la humanidad. No puede tolerarse que ahora obtengamos las ganancias y que tengan que pagar los costes las generaciones futuras. Quienquiera que herede o posea propiedades, debe asumir la responsabilidad social que ello comporta, tanto de cara a las generaciones actuales como a las futuras. Nosotros debemos transmitir a esas generaciones la tierra, el aire y el agua, del mismo modo a como las recibimos de las anteriores generaciones.

Otro ámbito de reflexión lo constituye el medio ambiente y la relación entre la cultura y la naturaleza. Los hombres no son sólo seres socio-generacionales, sino también naturales. Las civilizaciones humanas sólo pueden desarrollarse si guardan el equilibrio con las condiciones propias de la naturaleza. La destrucción de ésta conlleva la de toda civilización. Nuestra civilización ha roto este equilibrio y la crisis ecologista se agudiza cada día más. Muchos son ya los que predicen un colapso ecológico de la vida en la tierra. Sólo un cambio radical del estilo de vida, de las formas de producción, del tráfico y del consumo, podrá librar a la humanidad de un destino mortal irremediable. El cambio, sin embargo, es posible si se da una decisión política eficaz: todo cuanto perjudique al medio natural o tienda a destruirlo, debe ser eliminado.

La reforma de la religión de nuestro tiempo 

También la reforma ecológica de nuestra sociedad tiene que comenzar en los pequeños y modestos municipios. Son los extraños los que suelen despreocuparse ante la destrucción del medio ambiente. Los nativos lo protegen. Ahora bien, para esto precisamos, ante todo, una estimación nueva hacia la naturaleza y un respeto profundo a las demás criaturas. Aquí veo yo el gran cometido de las religiones y de la Iglesia. Al final de la historia de nuestra civilización se ha destruido una concepción del mundo que estaba en armonía con las fuerzas de la naturaleza y ello por causa del monoteísmo modernista y del mecanicismo científico. El monoteísmo modernista ha hecho de la naturaleza un objeto de dominio del hombre. Si se pretende lograr un nuevo respeto de la naturaleza y de veneración por la vida de las otras criaturas, se hace imprescindible la reforma radical de la religión de los nuevos tiempos. Es necesario no separar a Dios de la naturaleza, ni a ésta de aquél. Se hace preciso entender la sacramentalidad de la naturaleza de un modo enteramente nuevo. Es preciso integrar a los hombres en el conjunto de toda la creación, de la que fueron separados. Es preciso concebir de nuevo que, tanto la naturaleza como nosotros mismos, somos criaturas de Dios y en nombre de esa creación hemos de oponernos a la destrucción de la naturaleza. No se trata ya de conocer sólo la naturaleza para someterla a nuestros antojos, sino de comprenderla para participar de ella. Se trata ahora de volver a descubrir la sabiduría de Dios en la naturaleza: «El que me encuentra a mí, encuentra la vida. El que peca contra mí, hiere su propia alma» («r 8).

Restablecer la Alianza 

Dios es el medio vital más amplio, tanto del hombre como de la naturaleza. Yo llamo Dios a aquella realidad transcendente que todo lo penetra, que todo lo vivifica y todo lo soporta. Según la sabiduría bíblica, se percibe este misterio del mundo en el silencio del Sábado. El sentido del descanso sabático no radica solamente en la necesidad de descansar después de seis días de trabajo, sino en la experiencia que el hombre debe tener de sí mismo y de la naturaleza como criaturas de Dios. Radica en que restablezcan la justicia de Dios según las asignaciones de la Alianza, en que condonen las deudas. Radica también en que, en el año sabático, la tierra pueda rehacerse de la explotación humana. Según Lv 25 y 26 la observancia del «Sábado de la tierra» era la condición para que el pueblo de Dios pudiera vivir en el país de Dios. En efecto, Israel fue abandonado por Dios al exilio, porque despreció el día del sábado. Esta vieja historia constituye una exhortación para la humanidad de nuestros días: cuando se desprecia el sábado para la regeneración de la tierra, se eclipsa la humanidad. El sentido profundo del Sábado, el séptimo día, radica en que Dios en ese día lleva a la creación a su total plenitud, no actuando, sino por su presencia en ella. Donde se celebra este Sábado, vivimos en el futuro de la salvación.

Tomado de:

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