La Pasión de Cristo y el dolor de Dios

 

Por Jürgen Moltmann

 

Frente al enigma del sufrimiento humano no cabe ni la audacia de Edipo ante la esfinge ni la palabrería huera de los amigos de Job. El cristiano ni demanda a Dios por permitir el sufrimiento ni le achaca la sinrazón del mismo. Intenta comprender y se desahoga preguntándole a Dios dónde está cuándo él o los demás sufren. La experiencia de Jesús en su Pasión le sale al encuentro. No puede ser tan absolutamente negativo el sufrimiento cuando Dios Padre no se lo escatima a su propio Hijo. Profundizando en el misterio de la Pasión, Moltmann, el teólogo de la esperanza, desarrolla en el presente artículo el carácter solidario y redentor del sufrimiento del Dios Crucificado y con ello abre el camino a la comprensión del sufrimiento y a la praxis solidaria del cristiano con todo ser humano que sufre. 

La pasión de Cristo y el dolor de Dios, Carthaginensia 8 (1992) 641-665.

Ante la realidad del sufrimiento humano algunos se preguntan: ¿Cómo puede Dios permitir esto? Tienen la impresión de que Dios es insensible, de que la muerte de los niños en Irak o en los suburbios de las megápolis latinoamericanas le tienen sin cuidado. En realidad ésta es una pregunta teórica. Es pregunta de espectador. Los hombres que tienen esa impresión de Dios propenden -ellos- a ser impasibles e indiferentes ante el sufrimiento ajeno. Pero ésta no es la postura de los afectados. Cuando en julio de 1943 viví el bombardeo de Hamburgo, mi ciudad natal, que, con el subsiguiente incendio, causó la muerte a 80.000 personas, mi pregunta en aquel infierno fue: ¿Dónde está Dios? ¿Está lejos de nosotros o sufre con los que sufren? ¿Llega nuestro sufrimiento a su corazón? La primera pregunta presupone un Dios apático, la segunda un Dios que sufre con nosotros.

La diferencia entre la primera y la segunda pregunta es la fe. La segunda pregunta tiene una respuesta cristiana: Cristo crucificado. Vamos a desarrollar cómo la Pasión de Cristo ayuda al creyente a responder a la pregunta existencial de la comunión con Dios en el sufrimiento. Y vamos a hacerlo en tres pasos:

1. Ver lo que realmente ocurrió en la Pasión de Cristo, adentrarnos en la experiencia de Dios que hizo Jesús a lo largo de su Pasión.

2. juzgar, o sea, preguntarnos por la teología de la cruz.

3. Actuar y sufrir, y preguntarnos por la consolación del Dios Crucificado en nuestro sufrimiento y por nuestra sucesión en la cruz en este mundo.     

I. LA PASIÓN DE CRISTO 

El centro de la fe cristiana es la historia de la Pasión de Cristo. Pasión en el doble sentido: activo, de amor apasionado, y pasivo, de padecimiento. El centro de la fe lo constituye, pues, el sufrimiento del Cristo apasionado. Antes se soslayaba el flanco activo. Y la Pasión se convertía así en arquetipo de la resignación ante un destino ineludible. Hoy, en cambio, se silencia a menudo el sufrimiento inherente a todo amor apasionado: se reprime el sufrimiento y se anestesia el dolor. La vida sin pasión se vuelve insípida y sin sufrimiento, mezquina. Hay que superar la angustia ante la pasión y el miedo ante el sufrimiento. De lo contrario, no puede renacer la vida. ¿Qué es lo que le ocurrió a Jesús en su Pasión?

El huerto de los olivos 

El primer acto de la historia de la Pasión no es el prendimiento. La Pasión comienza cuando Jesús se decide a subir a Jerusalén. Su pasión por el Reino de Dios -la curación de los enfermos, la liberación de los oprimidos, el perdón de los pecados- tendrá que enfrentarse en Jerusalén con el poder, la injusticia y la arbitrariedad. Su entrada en Jerusalén fue triunfal. Para los guardianes del orden, Jesús se volvía peligroso. Había que hacerlo desaparecer pronto y sin armar revuelo.

Hasta aquí la historia de Jesús no difiere de la de otras mujeres y hombres que han luchado por la libertad y se han enfrentado a sabiendas con la muerte. Pero en el caso de Jesús sobreviene algo, a primera vista, incomprensible. La noche del prendimiento fue al huerto de los olivos, tomó a tres de sus amigos y «empezó a sentir horror y angustia» (Mc 14,33). «Me muero de tristeza» -les dijo-. Y les pidió que estuviesen en vela.

Otras veces había pasado Jesús noches enteras en solitaria oración con Dios. Ahora, por primera vez, no quiere estar a solas con Dios. Busca protección con sus amigos. ¿Protección de quién? Es entonces cuando su plegaria suena a demanda: » ¡Padre!: todo es posible para ti, aparta de mí este cáliz» (Mc 14,36), o sea: ahórrame este sufrimiento.

Pero la súplica de Jesús no fue escuchada por su Padre. En otros momentos la constante era: «El Padre y yo somos uno» (Jn 10,30). Aquí, en cambio, parece como si la unión de Cristo con Dios se rompiese. De ahí que sus amigos, paralizados por la tristeza, caigan en un letargo. En este momento la unión con Dios pende del hilo de un pero: «pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quie res tú» (Mc 14,36). Con la súplica de Jesús rechazada por el silencio de Dios, comienza su pasión expiatoria, su sufrimiento por Dios. De seguro que está presente el simple miedo humano al dolor. Y no se diga que, porque era Hijo de Dios, no pudo haber sentido miedo. Pero tampoco que era una persona vulnerable ante el dolor físico y la muerte inminente. Lo que se apodera de Jesús y desgarra su alma es el miedo de que él, el Hijo que ama al Padre como nunca nadie le ha amado, sea abandonado por su Padre. No teme por su vida. Teme por Dios y por su Reino.

El verdadero suplicio en la Pasión de Cristo es el sufrimiento por Dios. El abandono de Dios es el cáliz que ha de beber. El silencio de Dios es más que un silencio mortal. Es la «noche oscura del alma» de lo s místicos. Martín Buber lo llamó «el eclipse de Dios».

¿Quién puede mantenerse despierto en esta noche de Dios? Los amigos de Jesús, paralizados, caen en un letargo. Lucas, el médico, constata que «le chorreaba hasta el suelo un sudor parecido a goterones de sangre» (Lc 22, 44).

En la Biblia de Lutero este pasaje lleva el título: «La lucha en el monte de los olivos» ¿Lucha con quién? ¿consigo mismo? ¿con la muerte? Más que todo esto: es la lucha con esta experiencia de Dios. De ahí la agonía que él soportó por su entrega amorosa.

El Calvario

En el Calvario de nuevo una oración, mejor dicho, un grito desesperado a Dios: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34). Después, lanzando un fuerte grito, expiró. Esa frase no se hubiera conservado, si Jesús no la hubiera pronunciado. Nunca podremos acostumbrarnos del todo a ella e incluso intentaremos mitigar su fuerza. Pero, por terrible que resulte ese grito de Jesús, presentimos que de hecho es vital para nosotros. Pues es ese grito el que pueden pronunciar tantos hombres atormentados, porque expresa su situación real: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Tampoco cambian las cosas por el hecho de que esas palabras constituyen el comienzo del salmo 22. Es absurdo imaginar que Jesús recitase en la cruz todo el salmo 22. No sólo porque el salmo concluye con una acción de gracias por haber sido salvado de la agonía, sino también porque los crucificados al poco tiempo eran incapaces de hablar. Se trata, pues, de un grito de abandono. Sólo aquí, en la cruz, Jesús no llama a Dios «Padre», de manera filial, sino sólo «Dios», de manera oficial, como si tuviera que dudar de que es el Hijo de Dios Padre.

Lo que Cristo temía, aquello por lo que luchó en el huerto y por lo que rogó al Padre, ocurrió en la cruz: Cristo soporta el abandono de Dios, en el que cada uno queda solo y en el que nadie puede interceder por otro. ¿Por qué Dios lo abandonó? El NT dice que fue por nosotros, por ti y por mí, para que ya no estemos solos. «La muerte que él experimentó redunda en favor de todos» (He 2,9). Dios entregó a su Hijo por nosotros, para que se convirtiera en el hermano de todos los abandonados y los llevara a Dios.

En el centro de la fe cristiana se encuentra la Pasión y en el centro de la Pasión se encuentra esa experiencia del abandono de Dios. El Cristo que ama con pasión, el Cristo perseguido, solitario, torturado, el que sufre por el silencio de Dios, es nuestro hermano, el amigo al que todo se le puede confiar, porque conoce lo que es sufrir y sentirse abandonado. Pero permanece la pregunta: ¿Dónde está Dios? Cabria decir: a Cristo lo entiendo y él me entiende a mí, pero a un Dios que lo abandona no lo entiendo.

II. TEOLOGÍA DE LA CRUZ 

¿Existe una respuesta a ese «¿por qué me has abandonado?» ¿No son los teólogos que intentan una respuesta como los amigos de Job que se empeñan en explicarle su sufrimiento?

¿Por qué abandonó Dios a Cristo? 

San Juan y San Pablo afirman que Dios lo entregó por nosotros, por amor nuestro. Pero además esa fue también la voluntad del Hijo, «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Pero ¿dejó Dios que su Hijo muriese solo en la cruz? Entonces sería un Dios, no sólo apático, sino también cruel. No -dice San Pablo-, porque, si Cristo sufre la muerte, su Padre sufre la muerte con él. Si el Hijo muere en la cruz en abandono de Dios, Dios Padre sufre su abandono del Hijo. Ambos sufren, aunque de manera distinta: Cristo sufre la muerte, Dios sufre la muerte del Hijo. Así, la Pasión de Cristo le afecta a Dios mismo y se convierte en la Pasión de Dios. Si Dios Padre estuvo en Cristo, entonces el sufrimiento de Cristo es el sufrimiento de Dios y también Dios experimenta la muerte en la cruz de Cristo. Pero ¿cómo es posible que el mismo Dios que abandona a Cristo en la cruz sea el que esté presente en Cristo?

En un viejo relato judío, cuando el pueblo pregunta a Yahvé cómo es que, tras dejarles ir al exilio, ahora les repatria, éste les responde: «Cuando vi que habíais abandonado mi tierra, también yo la abandoné para volver a ella con vosotros».

Dios nos acompaña, sufre con nosotros. Adonde vaya Cristo, con él va el Padre. Por tanto, en la entrega del Hijo está implicada la entrega de Dios. Porque «quien me ve a mí está viendo al Padre» (Jn 14,9). En el abandono de Cristo, Dios se abandona a sí mismo y está en Cristo para convertirse en Dios y Padre de los abandonados. La pregunta sobre el por qué y el cómo del sufrimiento se convierte en una pregunta por el dónde: ¿dónde está Dios? La respuesta es: en Cristo.

¿Por qué asumió Dios el sufrimiento de Cristo? 

¿Qué sentido tiene el Calvario? La respuesta es doble: 1) por solidaridad: para estar con nosotros en nuestro sufrimiento; 2) para mediar por nosotros y liberarnos de nuestra culpa.

1. Cristología de la solidaridad: Cristo nuestro hermano. La historia de la Pasión es relatada como una kénosis (vaciamiento) cada vez más profunda. Cristo pierde su identidad como maestro: sus discípulos huyen, uno de ellos lo traiciona y otro lo niega. Cristo pierde su identidad como judío: los sacerdotes de su pueblo lo entregan a los romanos. Y finalmente pierde su mismo ser humano: Pilato hace que lo torturen y destruyan su cuerpo. El himno de la carta a los filipenses (2,7-8) describe esa kénosis así: «Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos… Se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz».

Si Dios va donde va Cristo, entonces lleva la comunión con Dios a los que son humillados y despojados como él. La cruz de Cristo se encuentra entre las innumerables cruces que bordean el camino del poder y la violencia, desde Espartaco, pasando por los campos de exterminio, hasta los hambrientos y desaparecidos de América Latina.

Los sufrimientos de Cristo no son exclusivamente sus sufrimientos, sino también inclusivamente también los nuestros. Su cruz está entre nuestras cruces como señal de que Dios participa de nuestro sufrimiento. Los innumerables y anónimos seres humanos perseguidos o torturados son sus hermanas y hermanos. Esta fue la experiencia de Mons. Romero en El Salvador: «En los crucificados de la historia se le presentó el Dios Crucificado… En los ojos de los pobres y oprimidos de su pueblo vio el rostro desfigurado de Dios» (John Sobrino).

Cristo se encaminó hacia la humillación para convertirse en el hermano de los humillados. No les ayuda con milagros, sino con el dolor de sus heridas. «Sólo el Dios sufriente puede ayudar» -escribe Bonhoeffer en su celda de condenado a muerte. El Dios de Jesucristo es el Dios solidario de las víctimas y de los que sufren.

2. Cristología de la mediación: Cristo Redentor. Desde sus inicios, la comunidad cristiana vio en la Pasión de Cristo la expiación por los pecados del mundo. En la línea del siervo doliente de Is 53, se veía en Cristo al Hijo de Dios que reconcilia mediante el sufrimiento representativo. ¿Es realmente necesaria la expiación? Creo que sí. Simón Wiesenthal cuenta en su libro El Girasol que, estando en un campo de concentración, le llevaron al lecho de muerte de un hombre de las SS, quien quería confesarle a él –un judío- que había participado en ejecuciones masivas de judíos, para pedirle perdón por esto. Wiesenthal pudo escucharle, pero no perdonarle. Porque nadie puede perdonar a los asesinos en nombre de las víctimas. El culpable no puede vivir sin perdón de la culpa, porque pierde todo el respeto de sí mismo. Pero el perdón del pecado no existe sin una expiación. Y la expiación no es una posibilidad humana. ¿Es una opción divina?

En los cultos de muchos pueblos la expiación se busca mediante sacrificios de animales, que han de aplacar la ira de Dios. En el AT también había un sacrificio por el pecado: el «chivo expiatorio» otorgado por Dios, para que los pecados del pueblo, mediante la imposición de las manos, recayesen en él. Ese chivo no se ofrece a Dios para aplacar su ira. Dios lo otorga para reconciliarse con su pueblo. El nuevo siervo de Dios de que habla Isaías había de cargar con los pecados del pueblo, creando así la reconciliación. El es el sufriente de Dios que sufre representativamente por nosotros.

Dios mismo es el Dios expiatorio. ¿Cómo ocurre esto? Cristo se convierte, no sólo en el hermano de las víctimas, sino también en el expiador de los culpables. Mientras exista este mundo, Dios no sólo carga con la pasión del mundo, sino también con la historia de la culpa de los hombres. En el Cristo crucificado Dios mismo es víctima entre las víctimas. El perdón sólo lo pueden dar las víctimas. Estas poseen una memoria tenaz, porque el sufrimiento ha dejado huellas profundas en su cuerpo y en su alma. En cambio, los culpables son de memoria frágil. No saben, no quieren saber lo que han hecho. Y por esto los culpables dependen de las víctimas, si quieren pasar de muerte a vida. No se trata de que Cristo pague un rescate. Lo hemos de concebir en términos personales: Cristo murió no por pecados individuales, sino por nosotros pecadores. Carga con nuestros pecados, tolerándonos y soportándonos. Al existir Cristo por nosotros, es evidente que «Dios está a favor nuestro» (Rm 8,31).

¿Es Dios capaz de sufrir? 

Para la filosofía griega la sustancia divina es incapaz de sufrir, de lo contrario no sería divina. Asimismo el Absoluto de la filosofía moderna es incapaz de sufrir, de lo contrario no sería absoluto. Incapaz de sufrir, inmóvil, unitaria y autosuficiente, la divinidad se encuentra ante un mundo sufriente, en movimiento, disperso y que no se basta a sí mismo.

En cambio, si nos remitimos a la tradición cristiana topamos enseguida con la historia de la Pasión de Cristo. Por la actualización de la Pasión de Cristo en la palabra y el sacramento se genera la fe cristiana en Dios. Dios mismo está involucrado en la historia de la Pasión. Pero ¿cómo puede la fe cristiana entender la Pasión de Cristo como revelación de Dios, si la divinidad no puede sufrir?

Hasta el presente el axioma de la apatía de Dios ha influido más en la teología que la historia de la Pasión. Al parecer, la incapacidad de sufrir se considera un atributo irrenunciable de Dios. ¿No significa esto que hasta hoy la teología cristiana no ha desarrollado un concepto de Dios consecuente con la fe cristiana, sino que más bien se ha apoyado en la tradición metafísica de la filosofía griega?

Cuanto mayor es el peso del axioma de la apatía en teología, menor es la capacidad de identificar a Dios con la Pasión de Cristo. Si Dios es incapaz de sufrir, la Pasión de Cristo se reduce a una tragedia humana. Para el que vea en la Pasión de Cristo únicamente el sufrimiento del buen hombre de Nazaret, Dios se convertirá en la fuerza celestial fría, muda, no amada. Este sería el fin de la fe cristiana.

Por tanto, la fe cristiana se ve abocada a reconocer a Dios en la pasión de Jesucristo y a descubrir la pasión en Dios. Ante los numerosos intentos fracasados de mediar entre apatía y pasión partiendo de la apatía, parece llegado el momento de partir del axioma de la pasión de Dios para entender el sufrimiento de Cristo como el sufrimiento del Dios apasionado. Recordemos que la palabra pasión posee el doble sentido: el activo, de amor apasionado, y el pasivo de padecimiento. La fe cristiana vive del sufrimiento de una pasión divina y es en sí la pasión dispuesta a sufrir de por vida. ¿Por qué se atuvo la Iglesia antigua al axioma de la apatía, a pesar de que el cristiano consideraba al Crucificado como Dios y la doctrina cristiana sí podía hablar del «sufrimiento de Dios»? Pueden darse dos razones:

1. Dios se distingue del hombre y de todo lo no divino, sujeto al sufrimiento, a la temporalidad y a la muerte, justamente por su esencial incapacidad de sufrir.

2. Si Dios hace partícipes a los hombres de su vida eterna en la gloria, esto ha de proporcionar al hombre la inmortalidad y la incapacidad de sufrir.

Según esto, la apatía es de esencia divina y paradigma de la gloria en la comunión con Dios. El fallo de esta argumentación es que sólo conoce la alternativa: o incapacidad esencial de sufrir o sometimiento fatalista al sufrimiento. Pero existe una tercera posibilidad: el sufrimiento activo, el abrirse voluntariamente al ser afectado por otras cosas, o sea, el sufrimiento del amor apasionado. En la teología cristiana, el axioma de la apatía sólo indica que Dios no está sujeto al sufrimiento de la misma manera que la criatura mortal. No excluye que Dios pueda sufrir de otra forma. Y de hecho sufre. Si fuera incapaz de sufrir, también lo sería de amar. En todo caso, sería capaz de amarse, pero no de amar. Pero, si es capaz de amar, él mismo se abre al sufrimiento que le provoca el amor a otros. Dios no sufre, como la criatura, por falta de Ser. Sufre por su amor, que es la abundancia de su Ser. En este sentido tiene pathos.

III. LA PRAXIS DE LA SUCESIÓN EN LA CRUZ 

La experiencia pasiva del sufrimiento forma parte de la praxis cristiana. ¿Qué significa el Dios sufriente para los que hoy sufren?

El consuelo del Dios sufriente 

El que sufre cree que ha sido abandonado por Dios. Pero, si clama a Dios en su dolor, puede descubrir que con ello junta su voz al grito de Cristo en su muerte, descubre al Dios sufriente que lo entiende. Entonces se da uno cuenta de que Dios ya no es aquella fría y lejana fuerza del destino, sino la cercanía del Dios humano que grita con nosotros y en nosotros, cuando enmudecemos.

Yo tuve una primera experiencia cuando tenía 17 años. En 1945 caí prisionero y pasé más de tres años en campamentos para prisioneros de guerra. Después de la guerra se me vino el mundo encima, cuando nos encaramos con las imágenes de los campos de concentración de Bergen-Belsen y de Auschwitz. Yo no quería vivir. Odiaba a mi patria, a mi pueblo y a mí mismo por aquellas atrocidades cometidas en nombre nuestro. Después di con una Biblia. Leí las Lamentaciones y el salmo 39. Después la historia de la Pasión. Cuando llegué al grito de muerte (Mc 15,34), sentí al hermano que entiende y al redentor de mi soledad. El hizo que volviera a afirmar la vida pese al sufrimiento, al cautiverio y a la culpa de mi pueblo, y a amarla incluso tras el alambre de púas.

El que sufre no sólo protesta contra su destino. Siente el dolor porque ama la vida. El que no ama la vida se vuelve apático. Destruye su interés vital con alcohol o drogas. En cambio, el que ama la vida es capaz de sentir felicidad, pero se vuelve capaz también de sufrir. La vida y la muerte, la felicidad y el sufrimiento nos remiten a aquel interés vital que llamamos amor.

¿Cómo puede renacer el amor a la vida a partir del sufrimiento? Un Dios poderoso que no pudiese sufrir sería pobre porque no podría amar. Un ateo protesta, ama de manera desesperada. Sufre porque ama y protesta contra el sufrimiento. Quiere devolver su boleto de entrada en este mundo, en el que ya de niño se sufre. Quien cree en el Dios sufriente reconoce sus sufrimientos en Dios y a Dios en sus sufrimientos. No sabemos por qué Dios permite el sufrimiento. Y, si lo supiéramos, no nos ayudaría para vivir. Pero si descubrimos dónde está Dios y lo sentimos presente en nuestro sufrimiento, habremos dado con la fuente de la que renace la vida.

La sucesión de Cristo 

El que escucha el mensaje del Crucificado ha de estar dispuesto a cargar su cruz. Cristo no sólo es una persona, sino un camino. Quien cree en él emprende su camino. No hay cristología sin cristopraxis.

¿En qué consiste el camino de Cristo? En particular en la pasión mesiánica: proclamar a los pobres el Reino de Dios, sanar enfermos, limpiar leprosos, expulsar demonios (mt 10,8; 11,15). Proclamar a los pobres el Reino significa devolverles la dignidad humana de la que han sido despojados por los que ejercen la violencia. Sanar a los enfermos significa sembrar en este mundo el germen de la vida. Limpiar a los leprosos significa acoger a los marginados de nuestra sociedad. Expulsar a los demonios significa atacar a los ídolos del estado y la sociedad a los que se sacrifica a tantos hombres indefensos. Entonces, quien emprende el camino de Cristo, se empeña en la lucha de la vida contra la muerte. Y esto es suceder a Cristo.

La pasión mesiánica de Cristo nos coloca siempre al lado de las víctimas de la violencia. Por ello la sucesión de Cristo se caracteriza por el gran número de mártires. Existen los mártires de la fe: son los cristianos que fueron perseguidos y muertos por su fe. Existen los mártires de la obediencia: son los cristianos que fueron perseguidos o muertos por sus actos públicos. Y existen los mártires del Reino de Dios y su justicia: son las personas que consciente o inconscientemente se convierten en testigos de la justicia donde se comete una injusticia. Y existe el martirio de los cristianos y el martirio mudo y colectivo del pueblo sacrificado. Siempre que la comunidad cristiana recuerda el sufrimiento de Cristo recuerda también el sufrimiento de los mártires que participaron del sufrimiento de Cristo.

Al describir esto veo la imagen del Hermano Juan Ramón Moreno, uno de los seis jesuitas asesinados en el Salvador: yace en su propia sangre en la habitación de John Sobrino y ahí, en el charco de su sangre, está mi libro que cayó al suelo: El Dios Crucificado. Este artículo está dedicado a su memoria.

Extraído de:

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