Religiones mundiales en la época de la globalización

por Jürgen Moltmann

La globalización, ¿convierte las religiones locales en religiones mundiales modernas? ¿Qué cambios de las religiones exige la nueva perspectiva ecológica de la tierra? La primera parte de este artículo presenta una toma de posición crítica en dos frentes: 1) sobre una globalización que no tiene en cuenta el globo; 2) religiones modernas sin referencia al “mundo”. En la segunda parte desarrolla una concepción de la tierra como el ámbito vital de las religiones de esta tierra. Una pregunta preside el artículo: ¿es necesaria una “religión de la tierra” como marco englobante para los encuentros y la armónica convivencia de las religiones del mundo?

Eine gemeinsame Religion der Erde. Weltreligionen in Ökologischer Perspecktive, Ökumenische Rundschau 60 (2011) 18-29

RELIGIONES MUNDIALES EN LA ÉPOCA DE LA GLOBALIZACIÓN
La aldea global

En la imagen de la “aldea global” hemos podido ver que, mediante los medios de comunicación y la movilidad modernas, todos los humanos se convierten en vecinos. La comunicación crea una comunión que se extiende por encima de todas las fronteras y las distancias. Se da una nueva cercanía de los humanos entre los distintos pueblos. La circulación aérea supera cualquier tipo de lejanía. Estamos comenzando a vivir todos en el mismo espacio, las diferencias cronológicas desaparecen, las distancias espaciales se encogen: la interdependencia se hace cada vez mayor. Los hombres dependemos cada vez más los unos de los otros. Las distintas tradiciones culturales se amalgaman. El comercio globaliza los mercados y las producciones. Los bancos globalizan la riqueza y la pobreza de los pueblos. Como en una aldea de otra época, todos estamos relacionados unos con otros y compartimos las desgracias y la felicidad de la vida común.

Sólo uno de los componentes de este colectivo se ha quedado mudo, porque casi nadie presta atención a su voz: la tierra, nuestro espacio de vida común y la fuente de todo viviente. Globalizamos nuestra civilización sin prestar atención a los puntos fuertes y los puntos débiles de este globo. Globalizamos nuestra economía humana con fuertes costos de los recursos de la tierra. Sin embargo, para otros seres vivientes y para las frágiles condiciones de vida de la tierra, esto no es un paso adelante sino un paso atrás. Cada año se extinguen miles de formas de vida, el clima está cada vez peor, los desiertos crecen, el nivel del mar sube. Todos conocemos “Los límites del crecimiento”, el estudio del club de Roma de 1972, pero apenas si prestamos atención a estos límites.

De una política del mundo a una política de la tierra

La dinámica se puede describir en tres pasos:

a) hasta la segunda guerra mundial, la organización política de los pueblos era la de los estados nacionales. Las naciones respondían a los desafíos universales como, por ejemplo, la amenaza atómica, con tratados internacionales. Se fundaron las Naciones Unidas, pero ninguna nación cedió un ápice de su soberanía al Consejo de seguridad. No se fundó ninguna institución transnacional.

b) Cuanto más aumentan las amenazas universales, tanto menos pueden las naciones particulares asegurar la paz y proteger la vida. El físico y filósofo alemán Carl F. von Weizsäcker ya exigió, hace más de treinta años, un cambio de mentalidad: de la política exterior nacional a una política interior mundial. Con lo cual el centro del pensamiento político se desplaza desde los intereses vitales de la propia nación a los intereses de la humanidad por sobrevivir en un mundo único. Cada nación debe subordinar los propios intereses a los intereses de la humanidad. Las pretensiones absolutas ideológicas y religiosas deberían relativizarse en el horizonte del futuro de la humanidad.

c) El siguiente paso, que se hace necesario, es el de una política interior mundial a una política común de la tierra. Las catástrofes ecológicas no se detienen en las fronteras de las naciones sino que se ciernen sobre todas las naciones. Los desastres de tsunamis y terremotos, de sequía y de inundaciones han provocado una extraordinaria solidaridad humana. Sin embargo, no se puede considerar posible diseñar una estrategia de gran calado frente a las catástrofes ecológicas que se pueden presentar, porque los diversos intereses nacionales siguen siendo prioritarios y una política común de la tierra postula instituciones transnacionales. Para una política de la paz transnacional los derechos humanos ofrecen una buena fundamentación. Pero, para una política necesaria de la tierra, se deben formular también los derechos de la tierra y deben ser reconocidos, tal como se dice en el preámbulo de la carta de la ONU sobre la tierra: “independientemente de su valor para los hombres”. Esto es también válido para otras “formas de vida” de la naturaleza. Deben ser defendidas por ellas mismas. 

De un comercio mundial a un comercio de la tierra

En el siglo XIX, con los estados nacionales apareció también la economía nacional. Para ella lo más importante es el mercado interior. La relación con el exterior se llamó comercio de importación y exportación. Se regularon inmediatamente los convenios comerciales. Y este sistema sigue vigente en muchas partes del mundo. Ahora bien, con la globalización de los mercados y de la producción aparecieron los intereses transnacionales. Después de ser ‘desregulados’ hace unos treinta años (Ronald Reagan y Margaret Thatcher), aparecen los mercados transnacionales y las organizaciones comerciales transnacionales. Parece ser que estos global players del comercio mundial se desentienden de cualquier regulación política y empiezan, por su parte, a regular la política de las naciones. 

La economía nacional se convierte en comercio mundial, pero las instituciones políticas quedan intactas. Este desequilibrio se hace dolorosamente patente en aquellos lugares en los que los pueblos han de responder por los descalabros ocasionados por los consorcios transnacionales. Esto se puede observar tanto en el comercio del petróleo como en las centrales nucleares. Por tanto, mediante los gobiernos y las ONGs, hay que apremiar a que el comercio mundial se convierta en comercio de la tierra que pague por los desastres que ocasiona y aprenda a tener consideración ecológica.

Es disparatado arruinar los fundamentos de la propia vida o también los fundamentos de la vida de otras gentes por una ganancia a corto plazo. También los recursos de la tierra son limitados y su explotación no es inagotable. No es necesario que me extienda en describir detalles que cada uno conoce del propio entorno. Pero quiero hacer referencia a algo distinto: la medida del progreso y de la globalización es claramente el crecimiento comercial. Más en concreto, es el crecimiento cuantitativo en la línea del tiempo lineal. Producir más – consumir más. Si nos convertimos al comercio de la tierra, entonces aprendemos de la tierra el ciclo de la recuperación de las fuerzas. Si transformamos esta sabiduría de la tierra en un comercio de la tierra, entonces impulsaremos las “energías renovables” y ampliaremos el “comercio del reciclaje”. Así entramos en una dinámica de crecimiento cualitativo y estabilizamos nuestra relación con la naturaleza de la tierra mediante el sistema del equilibrio. De aquí nace un “biocomercio” que tiene muy en cuenta y fomenta las fuerzas de regeneración de la vida. 

Religiones mundiales antes de la globalización

Ya mucho antes de la globalización moderna hubo religiones mundiales. Se consideran “religiones mundiales” las que afirman una validez universal, que promueven una misión que está por encima de las fronteras o que se extienden a una vasta par te de la humanidad. Hay religiones que acompañan festivamente momentos clave de la vida como el nacimiento, el paso a la edad adulta, el matrimonio y la muerte. Son religiones de la familia y existen en todas partes. También tenemos el acompañamiento festivo de los momentos cruciales de la naturaleza, los cambios solares, los tiempos lunares, la primavera y el otoño, la siembra y la cosecha. Estas son religiones de la naturaleza, que también existen en todas partes. Pero las “religiones mundiales” están por encima por encima de estas celebraciones de la vida porque ofrecen algo universal. ¿En qué consiste esto?

Las religiones políticas aparecieron con la fundación de los estados. Son totalmente monoteístas: un Dios – un soberano – un imperio, y el soberano es también el gran sacerdote del cielo. De esta forma se formaron los antiguos cultos de los soberanos, en Roma, en Persia, en China y Japón, con Gengis Khan y en los reinos mongoles de la India. El “Hijo del cielo”, en China, era, frente a los hijos de la tierra, como su Señor y su Sacerdote. Su reino era tan universal, como la bóveda del cielo sobre la tierra. El ámbito de su dominio es también el ámbito salvífico del cielo. Religiones políticas como estas han existido en abundancia hasta nuestros días. No suplantan las religiones de la naturaleza o las de la familia sino que las apoyan y son muy tolerantes en sus ámbitos de poder. 

El Budismo es, probablemente, la primera religión mundial no estatal. Es tenida como una religión monástica de meditación y equilibrio interior. Se ajusta bien a las religiones corrientes de la naturaleza y de la familia y no entra en confl icto con las religiones políticas de los soberanos. En Japón se lleva bien con el Shinto estatal y también con el Shinto popular. La misión del Budismo se extendió en China a través de textos que vinieron de la India y fueron traducidos. Hasta el día de hoy, no diríamos que el Budismo es una religión agresiva sino más bien atractiva. Lo que funciona de forma universal no es su irradiación sino su fuerza atractiva. El Budismo raramente es exclusivo. Su pueden enlazar prácticas budistas con otras formas religiosas como en el movimiento de las tres religiones en Japón o con el movimiento de las cinco religiones en Taiwan. 

Las religiones abrahamíticas son distintas. Se fundan en la exclusividad del Dios de Israel. En consecuencia, el Cristianismo y el Islam son caracterizadas como religiones proféticas o religiones históricas porque se fundan en sucesos históricos y difunden su signifi cación universal mediante la misión activa. Transforman la exclusividad particular del Dios de Israel en la exclusiva universalidad del Dios único, que se ha revelado en Cristo o en el Corán. De aquí que sus misiones sean agresivas y su fe sea monógama. Hay que optar por su fe y confesarla. 

Religiones mundiales después de la globalización

El mundo premoderno era sobre todo una cultura agraria, orientada por los ritmos y ciclos de la tierra. Por tanto, hablamos de las religiones cósmicas premodernas. Con la revolución industrial, comenzó la era antropocéntrica. Los humanos ya no organizaban su cultura siguiendo la naturaleza de la tierra o las estrellas del cielo, sino que la estructuraban según sus propios proyectos. El hombre se erigió en el centro del mundo. Así el mundo se convirtió en el mundo de los humanos y la naturaleza de la tierra pasó a ser el mundo circundante de la civilización humana. 

En el centro del mundo premoderno está la aldea y la aldea está situada en el campo. En el centro del mundo moderno está la ciudad, a menudo sin la campiña de la tierra y sin sol y cielo azul. Más del 50% de la humanidad vive hoy en megalópolis, es decir, ciudades de 10 a 35 millones de habitantes. En estas ciudades-monstruo ya no hay religiones de la naturaleza y las viejas religiones familiares pierden las familias. La religión se ha de ajustar a los individuos y a sus necesidades. El mundo moderno, urbanizado y globalizado, hace de todas las religiones, religiones mundiales con estas tres condiciones: 

1. Separación de religión y política. Los estados modernos son estados laicos, que no necesitan ninguna religión estatal. Es verdad que hay todavía algunas religiones estatales en el mundo islámico, pero en la mayoría de los casos se cumple la máxima de Jesús: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. De modo que se traza una línea de separación entre la adoración de Dios y la razón de estado.

2. Como la religión ya no es asunto de la convivencia política, se convierte en un asunto privado. El mundo moderno es tolerante con la religión, pues garantiza la libertad religiosa individual: nadie puede ser discriminado a causa de su religión.

3. Por consiguiente, el mundo moderno globalizado y urbanizado se convierte en una sociedad multireligiosa. Todas las religiones pueden ser globales y pueden ganar adeptos a través de misioneros y a través de la radio, la televisión y de internet. De modo que se encuentran chamanes modernos en California y budistas tibetanos en Alemania. Todas las religiones, de acuerdo con las tres condiciones mencionadas y con los medios que ofrece el mundo moderno, pueden estar presentes en cualquier espacio de la tierra. Pero ¿cómo? 

Las religiones mundiales están a la libre disposición de todos en el mercado espiritual de las religiones. Como “oferta religiosa” están sometidas a la voluntad de los “clientes religiosos”, y esto las transforma de raíz. Las religiones se convierten en posibilidades de la religiosidad individual y por ello son una posibilidad universal para cada ser humano. Pero esto es -para formularlo de manera extrema- un judaísmo sin Torah, un cristianismo sin sermón de la montaña, un Islam sin sharía y una meditación budista sin ascética: una religión light, una religión hecha de retazos. Y una religión que no exige nada, tampoco alienta ni conforta. 

MUCHAS RELIGIONES – UNA TIERRA
La teoría de la “Gea”

“La Tierra” tiene diversos significados según los contextos: hablamos de aire–agua–tierra y nos referimos a la sólida base sobre la que podemos estar erguidos. Desde el punto de vista religioso, se señala un mundo dual: cielo y tierra o bien el mundo visible y el invisible. Y, desde el punto de vista astronómico, nos referimos al “planeta azul”, cuyas bellas imágenes nos mandan los satélites en órbita. En el primer sentido, la tierra es la base en la que realizamos la explotación agraria y ganadera; en el segundo sentido, tierra es el lugar de residencia de los habitantes de la tierra, distinto del cielo de los dioses; en el tercer sentido aludimos a la fuente de nuestra vida y a nuestro espacio vital.

Las nuevas ciencias astrofísicas han puesto de manifi esto que la biosfera, junto con la atmósfera, los océanos y los continentes, forman un sistema complejo y peculiar que se puede considerar como un “organismo terráqueo”, puesto que posee la capacidad de hacer surgir seres vivos y de preparar para éstos un ámbito vital. Se trata de la muy discutida tesis de la Gea (1) de James Lovelock. Este autor quería llamar a este sistema terrestre “un sistema universal bio-cibernético con tendencia a la homeostasis”, pero un amigo le proporcionó el nombre griego de la diosa tierra “Gea” y así nació la “teoría de la Gea”. Con esta propuesta no se trata de deifi car a la tierra, sino concebir el planeta tierra como un organismo “que da vida” y proporciona ámbitos vitales a muchas formas de vida. “La tierra” no es un agregado de materiales y fuerzas, no es ni ciega ni estúpida, ni es tampoco sólo el “entorno” de las culturas humanas, sino como un gran sujeto que engendra y contiene vida, produce las condiciones que llevan a la vida, excluye las conexiones que amenazan la vida y, no en último lugar, desarrolla formas de vida cada vez más complejas. Los mismos seres humanos son fruto de la tierra. En un momento determinado de su desarrollo, la tierra comenzó a sentir, a pensar, a volverse consciente de sí misma y a experimentar el temor. Para comprender de verdad el hecho de ser seres humanos, no hemos de partir de nosotros mismos, sino del sujeto natural de la tierra. La “teoría Gea” pone término al antropocentrismo del mundo moderno y abre el camino para una integración democrática de la raza humana en el conjunto de la vida del “sistema de la tierra”. 

Dios – Tierra – Hombres

Las religiones mundiales abrahamíticas son caracterizadas también como “religiones históricas” en contraposición a las religiones de la naturaleza, porque su Dios se revela en el mundo de los humanos y sólo como resultado de esta manifestación es reconocido en el mundo de la naturaleza. Con ello se implanta el antropocentrismo, según el cual lo humano es la mediación entre lo divino y lo terreno: el hombre como imagen de Dios es definido como señor de la tierra. El orden sería: lo divino → lo humano → lo terreno.

En el Tao-te-King encontramos otro orden: “El hombre sigue a la tierra, la tierra sigue al cielo, el cielo sigue el camino (Tao), el camino sigue su propia naturaleza (Cap. 25).

En el Taoísmo, el símbolo del surgimiento de las mil esencias no es la creatividad del hombre, sino el dar a luz de la mujer. “El comienzo del reino de la tierra es la madre de todas las cosas. Quien comprende a la madre, también comprende a los hijos” (cap. 52). 

Hay que comprender a la tierra para comprender a los humanos. La antigua sabiduría de la biblia hebrea, fundamento de las religiones abrahamíticas, tiene huellas parecidas: según el relato de la creación, la tierra tiene que producir “plantas y animales” (Gn 1,24), y también el hombre “es sacado de la tierra” (Gn 2,7). La alianza de Dios con Noé, normativa para el judaísmo, el cristianismo y el Islam, es una alianza en dos sentidos: por una parte, es una alianza de Dios “con Noé y su descendencia y todos los seres vivientes” (Gn 9,9-10); y, por otra parte, es una alianza de Dios con la tierra (Gn 9,13) y todos los seres vivientes. Es decir, por una parte Dios – hombre – vida – tierra; por otra: Dios – tierra – vida – hombre.

De ahí se sigue, en mi opinión, que en el futuro hemos de enlazar ambas vías de conocimiento de forma dialéctica: para poder comprender, a partir del hombre, la vida y la tierra y también para poder captar al hombre y la vida, a partir de la tierra. La tierra concede al hombre el poder comprender el cielo y el Tao; y, en el hombre, la vida en este mundo llega a la conciencia de sí misma.

La tierra como lugar del encuentro y de colaboración de las religiones mundiales

Hasta ahora, las religiones mundiales han considerado el mundo de los hombres como espacio universal de su relevancia y de su expansión. Pero, si el mundo de los hombres vive en la naturaleza de la tierra y sólo puede sobrevivir con ella, entonces la Gea se convierte en el espacio universal de las religiones mundiales. Éstas sólo pueden dar pruebas de ser “religiones mundiales”, si se transforman en religiones de la tierra y consideran a la humanidad como parte integrante del planeta tierra. Si las “religiones históricas” misioneras llegan a los confi nes de la tierra, entonces deberán transformarse en religiones universales de la tierra. De esta forma recobran su importancia la sabiduría ecológica olvidada y la reverencia de las religiones locales de la naturaleza. Es cierto que las religiones locales de la naturaleza han venerado a sus dioses de los montes y a sus diosas de los ríos, pero las religiones mundiales sólo se convertirán en religiones de la tierra si convierten en global la sabiduría ecológica local y el respeto natural, y aceptan que la tierra tiene sus derechos. Hasta ahora, muchos miembros de las religiones mundiales han mirado de arriba abajo a las religiones de la naturaleza y las han tenido por primitivas. En su transformación en religiones de la tierra, se darán cuenta de su error e intentarán traducir las sabidurías preindustriales a la época postindustrial. ¿Quién puede hacerlo mejor que las religiones mundiales?

Un amigo de Sudáfrica me contó esta historia: su padre quería construir una canoa. Para ello necesitaba cortar un árbol. Pero, para cortar un árbol, tenía que pedir primero perdón al espíritu del árbol. Llegó un misionero cristiano y dijo: “Esto es adorar a un ídolo. Somete la tierra y corta el árbol”. En cambio, hoy vienen ecologistas y dicen: “tu padre tenía razón. Árboles y bosques son de importancia vital para el organismo de la tierra. Si has de cortar un árbol, pide perdón a la tierra y planta un nuevo árbol”. 

Las religiones mundiales están enteramente orientadas hacia la trascendencia; por ello están establecidas en la universalidad inmanente. Tanto el nirvana de las religiones budistas como el Dios de las religiones monoteístas están más allá de este mundo. También las religiones políticas imperiales hacen al soberano hijo del cielo para contraponerlo a los hijos de la tierra. Para estas religiones mundiales el “mundo” no lo es todo; es terreno, afl igido, mortal, estéril y no tiene consistencia alguna. No puede ser la patria del alma inmortal de los humanos. Solamente el mundo del más allá del cielo, los dioses o el nirvana pueden proporcionarle salvación, paz o el paraíso de todos los deseos no realizados. Con esta orientación al más allá, estas religiones han convertido el mundo en extraño. Han pagado su confi anza en el más allá con la negación de la vida terrena. Con lo cual se han convertido en factores de la crisis ecológica de la actualidad. A menudo han exigido más el menosprecio de la vida que el amor a la vida.

Si las religiones mundiales alcanzan los “confines de la tierra”, deberán volver a la tierra para devolverle la belleza y la virtud que han proyectado en el más allá. Deberán abandonar sus negaciones de la vida, su potencial de poder y sus promesas de salvación para el otro mundo. Para decirlo de forma secular: las religiones mundiales se tomarán en serio la perspectiva ecológica y se la aplicarán primero a sí mismas. Porque, si ya no existe una tierra capaz de generar vida, tampoco existen ya ni el mundo de los humanos ni las religiones mundiales.

Según la biblia hebrea existe una “religión de la tierra”, el año sabático. En el séptimo año, el pueblo debe dejar descansar los campos, sin cultivarlos. Un fundamento del año sabático afi rma: “para que los pobres de vuestro pueblo tengan qué comer”. Otro fundamento dice: “para que el país del Señor pueda celebrar su gran sábado”. El descanso sabático de la tierra es bendecido por Dios, puesto que en este año el país puede renovar su fertilidad. Si el pueblo respeta el “sábado de la tierra”, puede sin duda vivir en el país. Si no presta atención a este mandamiento, es expulsado del país y dispersado, hasta que después de 70 años, el país del Señor haya descansado. Esta antigua narración es una gran advertencia: si ignoramos la “religión de la tierra” y forzamos a la tierra a una producción incesante mediante fertilizantes químicos, el terreno cultivable se degrada y se hace estéril. Los desiertos crecen, las sequías se hacen más frecuentes y llegará el momento en que la raza humana desaparecerá de la tierra de la que ha abusado y que ha devastado.

Puedo expresar mi visión del futuro de las religiones mundiales a través de una imagen china. He comprado los maravillosos “posters” en China y Taiwan en diversas ocasiones. Por distintas que sean las imágenes, siempre aparece una cascada, que trae agua del cielo a la tierra. Es un símbolo magnífico. A partir de ahí imagino las religiones del mundo como cascadas que traen agua fresca del más allá a la tierra, que hacen de la alegría del cielo la felicidad de la tierra y traen agua de la vida de la eternidad a nuestro tiempo. A todas las religiones de la tierra les deseo que venga el Reino de Dios “así en el cielo como en la tierra”.

(1) El término “Gea” que utilizamos como traducción de “Gaia” es definido como “conjunto del reino inorgánico de un país o región”. Aquí se utiliza en el sentido de un organismo. Nota de la T.

Tomado de: 

https://seleccionesdeteologia.net/