El pueblo del Cristo que viene. La Iglesia en la sociedad futura

por Jürgen Moltmann

La forma social del cristianismo viene marcada por los intereses y las posibilidades de la sociedad, y por la fuerza espiritual de los cristianos. La historia de la Iglesia es la historia de las reformas constantes del cristianismo, motivadas por la presencia siempre interpelante de su origen: el Cristo crucificado. Esto hace que la Iglesia no se encuentre cómoda en ninguna sociedad: hay algo extraño en ella. Y si se acomoda demasiado, pierde su identidad. La Iglesia, remitiéndose a Cristo, entra siempre en conflicto con su propia forma social. Cristo es el impulso de la Iglesia reformata et semper reformanda. 

Das Volk des kommenden Christus. Die Kirche in der zukünftigen Gesellschaft, Evangelische Kommentare, 12 (1979), 197-200.

En Europa y en sus antiguas colonias, especialmente en Latinoamérica, la situación de la Iglesia viene marcada por la época constantiniana. Su futuro está en su liberación de esta simbiosis anacrónica de Iglesia, sociedad y estado, conocida con el eufemismo de «cristiandad». Es cierto que con Constantino la religión cristiana pasó a ser lícita, y con Teodosio y Justiniano pasó a ser religio publica, y que de esta forma todo el imperio romano estaba abierto a su misión y a su difusión. Pero la Iglesia pagó un precio muy alto: tuvo que abandonar la forma de las comunidades independientes y adoptar el rol de la religión política, necesario para la integración de los distintos pueblos en el imperio romano. La Iglesia podía así alcanzar a todos los hombres, pero apareciendo como una parte del orden político, como la religión del sistema social. Por ello, los disidentes y los judíos fueron oprimidos por la Iglesia y por el estado.

Con el «giro constantiniano», la comunidad cristiana quedó identificada con la ciudadana, se dividió en parroquias y diócesis, regiones y territorios, dejando de edificarse según las comunidades voluntarias y autónomas. En definitiva se asimiló a la sociedad establecida. Con ello ganó un influjo público inaudito. Pero perdió su configuración comunitaria.

La alternativa de los monjes 

En esta Iglesia estatal había una contradicción interior. Por ello florecen, en esta época las comunidades de religiosos, que practican lo que no puede practicar la Iglesia estatal: comunidad voluntaria, seguimiento radical, estilo de vida alternativo frente al mundo circundante. Sin estos monjes, la Iglesia se hubiese transformado en la «religión política», hubiese olvidado a Cristo crucificado y la esperanza mesiánica en su Reino. De esta forma, la Iglesia constantiniana presenta dos figuras: la gran Iglesia y la comunidad, la apertura al mundo y el seguimiento radical. Tal es la situación hoy en los países católicos. Y las comunidades de base de Latinoamérica son hoy una buena demostración de esta tesis. La Reforma puso la idea de comunidad en el centro de su concepción eclesial. Pero en Centroeuropa no fue capaz de pensar en la comunidad voluntaria. Por esto surgió el constantinismo protestante: cuius regio eius religio. Esta forma se ha mantenido incluso con la secularización del estado. Y de ahí la contradicción de que un 90 % de la población pertenece a la Iglesia, pero a lo más un 10 % participa en ella activamente y sólo un 20 % acude a ella de vez en cuando.

Las iglesias establecidas en Europa garantizaban la libertad de no ir a la iglesia, pero no garantizaban la de ir a la que uno quería. En definitiva, el bautismo de niños, la tradición y la opinión pública hizo que el destino de los nacidos aquí fuese inevitablemente la cristiandad. De ahí se puede explicar muy bien el surgimiento del ateísmo europeo.

Muchos se apegan ahora al título de «Iglesia popular». Pero este título no es un concepto analíticamente utilizable, ya que no alude a una «Iglesia del pueblo», sino a una «Iglesia para el pueblo». Y tampoco es un concepto teológicamente constructivo, pues más bien vela el verdadero sujeto de la Iglesia. No creo que esta forma de Iglesia popular tenga futuro. En las grandes ciudades el número de bautizados ha bajado a un 50 %, y la gente busca nuevas formas de comunidad cristiana y libre, dentro y fuera de las iglesias establecidas. El camino del futuro, tanto por motivos de credibilidad cristiana como por la autonomía creciente del hombre, es el que va de las iglesias establecidas a las comunidades eclesiales voluntarias y autónomas, de la religión decretada a la libre, del bautismo de niños al bautismo por vocación.

Sobre el futuro de las iglesias libres sólo puedo hablar con reservas. Me refiero a la forma de las iglesias cristianas dentro del sistema de la religión voluntaria, especialmente en USA. A causa de la separación temprana de iglesia y estado, la iglesia se convirtió en la comunidad libre de los cristianos, de la denominación que fuesen. Así se evitó la lucha por ser cada una de ellas la religión estatal y también la lucha entre Iglesia y sectas.

Supermercado religioso 

Pueden coexistir formas distintas de vivir cristianamente, y cada iglesia es lo que de ella hacen sus miembros. Las iglesias no son «cuerpos de derecho público», sino asociaciones voluntarias. El ambiente influye, sin duda, para que uno sea baptista, católico, etc., pero respetando la libertad de cada uno, se fomenta que la adhesión sea voluntaria.

Al visitante de la vieja Europa le llama la atención la analogía entre la rica oferta religiosa y los supermercados. La abundante oferta religiosa hace difícil que en caso de conflicto uno mantenga su comunidad y no se pase a otra, de gente que piense como él. Esto fácilmente puede conducir a iglesias de clases y corporaciones sociales, en las que gente de un mismo tipo se reúne con gusto, pero de las que se aparta a los que son de otra manera.

En el sistema de la «religión voluntaria» de los EE.UU. veo yo tres tareas y posibilidades futuras para las iglesias cristianas:

1) Si las iglesias se entienden como comunidades voluntarias, ¿quién determina entonces la comunidad de todas estas denominaciones y religiones en la sociedad? Porque también el pluralismo necesita un lazo común, de lo contrario no provoca libertad sino que la destruye. ¿Cuál va a ser este lazo? ¿La bandera americana? ¿La «religión civil» de los presidentes de los EE.UU.? ¿Hay una «religión de la república» que sea común?

2) Una «asociación voluntaria» sólo pasa a ser Iglesia si establece un «pacto». En un pacto nada es arbitrario todo está prometido y todos están obligados. Los miembros viven en mutua fidelidad. El pacto de la comunidad es hecho desde la libertad; pero sólo en el pacto la libertad es mantenida y guardada. En muchas iglesias americanas la idea del pacto va adquiriendo cada vez más significado, concretándose en los campos ético, social y político.

El futuro de los postergados 

3) Si las comunidades voluntarias se entienden como iglesias de Cristo, entonces buscarán cómo preocuparse no sólo de sus miembros, sino del Reino de Dios y de los pobres a quienes fue anunciado. No buscarán el futuro de los privilegiados de la sociedad, sino el de los postergados; de lo contrario, perderán de vista el futuro de Cristo. Serán comunidades de servicio que no sustituirán la beneficencia pública, sino que construirán comunidades con los marginados de la sociedad superindustrial. Lo que a éstos les falta no es tanto beneficencia cuanto comunidad humana.

Esta comunidad de servicio será también crítica ante el desarrollo, del cual la mayoría serán víctimas. Se opondrá al desarrollo y al crecimiento del poder, insistiendo en los valores de la solidaridad, la amistad y la paz.

En la sociedad del futuro, creo que se pueden esperar -y son posibles- las siguientes posturas eclesiales:

1. En sociedades desarrolladas, con iglesias establecidas, hay que ir hacia las comunidades voluntarias y autónomas. Pues sólo ellas pueden ser consideradas como institución de una libertad personal y comunitaria. Sólo en ellas se puede realizar la esperanza del Reino. Sólo por medio de ellas se puede superar el mal de la dependencia e inmadurez del hombre.

2. En las sociedades dependientes, con iglesias coloniales, el futuro de la Iglesia está en la liberación personal y colectiva de los oprimidos, poniéndose la jerarquía al lado de ellos contra los ricos y los dictadores, creando comunidades de base. Así se llegará a la «iglesia del pueblo».

3. En las sociedades desarrolladas, con religión libre, la Iglesia resistirá la tentación de ser una mercancía de supermercado. Se mezclará en la república y se preguntará por el futuro de las víctimas y de los marginados. Intentará configurar una religión civil universal y no sólo nacional. Se transformará en comunidades de servicio.

4. Ante la individualización del hombre en la sociedad superindustrial, luchará por la estabilidad interior del hombre, fomentando la formación de la conciencia por medio de la meditación y de la apertura al Espíritu. Porque el futuro no está en las masas dirigidas desde fuera, sino en el individuo soberano. Individuo soberano es el que está abierto a la voz de Dios, al indicador de su propia identidad. Es el que es capaz de soportar la soledad y el cambio. Volveremos a vivir una mística cristiana nueva.

5. La Iglesia deberá atender más a la acción del Espíritu fuera de su ámbito. No es la Iglesia la que dispone del Espíritu, sino viceversa. El Espíritu es creador y actúa allí donde aparece algo nuevo que está al servicio de la vida. Con el modelo de Cristo, discernirá los espíritus, y descubrirá que muchos movimientos de liberación, de meditación, de protesta, etc. son carne de su carne. El Espíritu precede a la Iglesia.

6. En resumen El futuro de la Iglesia es la comunidad voluntaria, la liberación de los oprimidos, la mística del individuo y el trabajo por la justicia de la sociedad en su conjunto. Estas son las características del seguimiento de Cristo. El futuro de la Iglesia está en que llegue a ser, como Iglesia de Cristo, el pueblo del Reino que él anunció e hizo presente. El futuro de la Iglesia está en ser el pueblo del Cristo que viene.

Tomado de: 

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