Dios reconcilia y hace libres

por Jürgen Moltmann

Gott versöhnt und macht frei, Evangelische Kommentare, 3 (1970) 515-520 (1)

«Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Co 5, 19-20 y 17).

Esta es Dios: el que en Jesucristo va caminando hacia la cruz para reconciliar el mundo; el que muere en el abandono para entregarle su amor; el que se hace pobre para hacer ricos a muchos.

Esto es el mundo en el que vivimos, sufrimos y luchamos: la creación amada en la cruz de Cristo y no abandonada, reconciliada y no repudiada. Destinada a la vida y no a perecer.

Y esto somos nosotros: una nueva creatura en la comunidad con Cristo, liberada de la ley del mundo viejo, liberada de la angustia que provocan sus señores, liberada del pecado y de la muerte, abierta a la redención, abierta a la acción venidera y creadora de Dios.

Por lo tanto nuestra tarea es: como embajadores de Cristo suplicar a todos los hombres la reconciliación de Dios invitándoles a un futuro nuevo, a la libertad, a la paz y a la justicia. Su cruz es el signo de la esperanza en esta tierra. La reconciliación de Dios es la fuente permanente de la liberación de los hombres culpables y mortales, de los degradados y humillados, de los pobres y miserables. El que cree en este Dios de la reconciliación comienza a sufrir en este mundo irredento. No puede sentirse contento con las iglesias separadas, con el mundo dividido, con las sociedades inhumanas. Él mismo se ha hecho distinto. El mundo no puede permanecer tal como es; está abierto a la libertad que es redención porque ya está reconciliado con Dios en Cristo. Esperamos la futura trasformación del mundo, porque creemos en su reconciliación con Dios.

RECONCILIACIÓN Y SUFRIMIENTO
Sufrir en la Iglesia y por ella 

El que cree en la reconciliación sufre en la Iglesia y por ella. El cristianismo histórico no siempre ha sido fiel a la palabra de reconciliación. Falsos profetas hablan de paz donde no hay paz ninguna. Consuelan al pueblo en sus desgracias y opinan que las cosas no están tan mal (Jr 8, 11 ). Se confunde reconciliación con política de apaciguamiento. Se utiliza la fe para contener los instintos a fin de mantener tranquilos a los pobres y contentos a los que sufren. Se llama a la reconciliación a los partidos en conflicto para no tomar así partido uno mismo. Queremos la reconciliación con nuestros propios enemigos y evitamos con esto la confesión de nuestra propia culpa. ¿Podemos creer a las iglesias cuando predican la reconciliación y ellas mismas no la practican del modo concreto como lo hizo Jesús cuando curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios y se sentaba a la mesa con publicanos y pecadores?

¿Por qué se separan tantos cristianos de las iglesias para adherirse a movimientos revolucionarios o a nuevos cultos mesiánicos? Porque ven a las iglesias más reconciliadas con los privilegiados y poderosos de la sociedad que con el Crucificado. La praxis de los «reconciliadores» es una praxis mentirosa, no al servicio de Cristo y en su lugar, sino preocupada únicamente de su propia salvación.

Reconciliación significa una nueva comunidad con Dios y con los hombres. ¿Cómo pueden testimoniar las iglesias separadas esta nueva comunidad? Las iglesias cristianas separadas son un escándalo. No sólo ante el mundo sino sobre todo ante la pasión de Cristo crucificado. Las iglesias tienen que renovarse para poder ofrecer la reconciliación al mundo.

De hecho aquel movimiento «migratorio» se da hoy en muchas iglesias por parte de los jóvenes. Y esto no sólo por motivos socio-revolucionarios, sino también para poder encontrar mejor a Cristo, al que no encuentran en las iglesias.

Las iglesias separadas caminan hoy hacia una comunidad ecuménica. La moderna crítica socio-revolucionaria a las iglesias nos coloca -como cristianos- en unos frentes nuevos, pero cada vez más frecuentes en el futuro. No es cuestión de evadirse ante este sufrimiento en la Iglesia, sino de aceptarlo y hacerlo productivo a fin de conseguir una nueva comunidad de Cristo, que sea digna de fe. La reconciliación de Dios puede también liberar de nuevo a las iglesias de sus negligencias y de su reconciliación con los poderes de este mundo.

Sufrir en el mundo por el hombre 

El que cree en la reconciliación sufre en el mundo dividido. Hemos tenido que sepultar muchas de las esperanzas que habíamos depositado en la ciencia, técnica y política en orden a la humanización del mundo. Vivimos en un mundo enemistado y dividido. La segunda guerra mundial dejó tras sí el conflicto este-oeste. Desde hace veinte años, se acentúa progresivamente el conflicto económico entre los países ricos del hemisferio norte y los pobres del sur. Al conflicto ideológico entre capitalismo y socialismo se añade el racial. Donde imperan estos conflictos, la paz política no se consigue por la reconciliación, sino por la división, la escisión, el apartheid y el ghetto. En Berlín se construyó un muro ideológico; en Sudáfrica y Norteamérica los ghettos siguen adelante; poblaciones enteras son expulsadas y perseguidas en el Próximo Oriente, en India y en Indochina. Ciudades y naciones divididas, hombres separados marcan el rostro de esta tierra, en la que los hombres no quieren y no pueden vivir juntos y humanamente. El slogan de los dominadores que propagan la no-libertad es: «divide et impera». En este mundo dividido, el apaciguamiento no es un medio de reconciliación, sino únicamente un medio de sobrevivir prorrogando el mutuo aniquilamiento.

El que cree en la reconciliación sufre de la inhumanidad del hombre y de su sociedad. Inhumano es el hombre que abandona su humanidad y se hace el dios desesperado de sí mismo y de su prójimo. Tiene miedo de sí y de sus prójimos. Ya no puede amar. Se ama sólo a sí mismo. Todo y todos han de decirle continuamente quién es y así disolver su inseguridad. Espera de la creación lo que sólo el Creador le puede dar; trasforma en mentira la verdad de Dios (Rm 1, 23-25). «El corazón del hombre es una fábrica de ídolos», decía Calvino. Esto se manifiesta ante todo en la religión, que es siempre una religión de miedo y angustia. En este sentido, el hombre es siempre religioso. Su mundo está siempre lleno de ídolos, supersticiones, fetiches y cultos personales. Pero cuando el corazón del hombre está pendiente de esos ídolos, entonces deja de’ ser libre para poder afirmar su vida junto con la vida distinta de los demás. Cada ataque contra sus ídolos es un ataque contra su propio yo, ante los que reacciona con una agresión mortal. Inhumanas son las sociedades que han elevado la política a la categoría de un culto idolátrico. Al Moloch de la propia nación se le ofrecen sacrificios humanos. Al fetichismo del consumo se le ofrece el sacrificio de la humanidad. No se quiere la paz, porque se tiene miedo de perder el propio orgullo. El Crucificado o estos ídolos, ésta es la cuestión. El que por la fe en el Crucificado experimenta la liberación del miedo y de la angustia, ése sufre por las esclavitudes inhumanas a que nos somete esa angustia y se convierte en un iconoclasta de los ídolos y de los cultos de la sociedad.

EL ACONTECIMIENTO DE LA RECONCILIACIÓN 

Demostrar y practicar la liberación humana por la reconciliación de Dios significa mantener la llama de la esperanza en medio del odio que brota de toda reacción y revolución. Tendríamos que asumir conscientemente el sufrimiento del mundo y hacer nuestro el grito por la libertad que sale de lo profundo de los pueblos y de los hombres oprimidos y responder con la llamada a la reconciliación. También el mundo puede ser liberado por la reconciliación. Esta es nuestra esperanza.

Creemos en la humanidad una y nueva de Dios liberada por la reconciliación.

Pero, ¿qué es reconciliación?, ¿cómo reconcilia Dios, cómo destruye nuestros ídolos y nuestras angustias, cómo transforma y libera nuestro mundo esclavizado y dividido?, ¿dónde reconcilia Dios?

Cruz y resurrección 

Sólo el Crucificado es nuestro reconciliador y liberador. El que quiera saber qué es reconciliación ha de mirar el camino de Jesús. Jesús realizó la reconciliación de Dios por el anuncio del Dios que perdona a los impíos, por la curación de los enfermos, por la expulsión de los demonios, por la comunidad con los leprosos, los pecadores y los publicanos, por la toma de partido a favor de los pobres y oprimidos. Vivió y manifestó la reconciliación de Dios en medio de los conflictos de su sociedad. Por esto, su camino en la vida es convirtió en el camino a la cruz. Y aquí, en la soledad de la muerte, aconteció la reconciliación y la liberación del mundo impío por el amor de Dios. Lo que diferencia al cristianismo de todas las religiones y revoluciones es el señorío del Crucificado. Todo lo que los cristianos crean y hagan han de justificarlo ante Él. Pues por su pasión y muerte Dios ha reconciliado al mundo consigo mismo, lo ha aceptado y le ha ofrecido su libertad. Jesús no ha reconciliado a Dios, sino que Dios mismo ha reconciliado al mundo consigo en Jesucristo.

La cruz de Cristo revela el precio de la reconciliación (Jn 3, 16). La resurrección del Crucificado nos abre al futuro universal de la libertad.

Hagámonos conscientes del precio de la reconciliación. Dios no ha liberado a Israel por la reconciliación con el faraón, sino salvando a los perseguidos y destruye ndo a los perseguidores (Ex 14). Según las visiones escatológicas de Isaías, Dios redimirá a su pueblo del exilio sacrificando a pueblos poderosos y lejanos (Is 43, 1-7). Según el evangelio de la «nueva alianza», Dios sacrificará a su propio Hijo -es decir a sí mismo en la muerte de Cristo, revelándonos así su amor. Jesús muere en la cruz y toma sobre sí la soledad, el abandono y la carga de la perdición del mundo. Esto crea en el mundo vida, libertad, paz y una nueva alegría. Esta reconciliación no es un mero decreto, sino la realidad del sufrimiento vicario y del sacrificio del amor de Dios. Hemos de comprender que, precisamente en la muerte de Cristo, Dios crea algo nuevo. La reconciliación con Dios es creada sólo por Él mismo. Él es el sujeto y nosotros los objetos de la reconciliación. Por esto también la vicariedad de Cristo es exclusiva, única e irrepetible. La reconciliación de Dios es fundamento de la reconciliación entre los hombres. Dios es «para nosotros», por esto podemos y debemos, estar unos con -y no contra- otros.

Perdón y liberación 

La palabra de la cruz es el evangelio de Dios, dice Pablo. El que no comienza por aquí su fe en Dios, ése todavía no ha comenzado a ser cristiano. Esta reconciliación significa que la culpa es perdonada. Nadie puede confesar y reconocer sus propias culpas, porque piensa que así perdería su prestigio. Por esto la culpa es reprimida casi siempre. Pero reprimida sigue envenenando la vida del hombre con el odio hacia los demás y la angustia ante sí. Sin embargo, en la cruz de Cristo los culpables no son castigados, sino llamados al amor y liberados. La culpa ya no hay que reprimirla sino que puede ser aceptada como culpa perdonada.

Pero reconciliación es no sólo perdón, es también liberación del poder del pecado. Para Pablo, el pecado no es sólo culpa, sino sobre todo un poder y una fuerza que nos esclaviza por completo. Es el poder de la muerte que angustia a los hombres y los esclaviza. Esta angustia hace del hombre un creador de ídolos, a fin de disolver dicha angustia dándose a sí mismo seguridad. Naciones y caudillos se convierten en fantasmas de la propia angustia. El que tiene angustia es dominable y explotable. Por esto, liberación del poder del pecado es siempre liberación de la angustia, liberación de nuestros dioses y liberación del odio a los hombres. Esta liberación del poder del pecado acontece por la fuerza de la reconciliación. La encontramos en la resurrección del Cristo crucificado. Por eso, Pablo vincula la «reconciliación del mundo» con la «vida de entre los muertos». Pues en dicha resurrección se le ha quitado el poder a la muerte. Donde reside el Espíritu de la resurrección, que es libertad, desaparece la angustia y el miedo. Allí los señores de este mundo no tienen nada que decir; uno se ríe de ellos. El que no tiene miedo no es dominable. Puede ser fusilado, es verdad. Pero «es maravilloso el que uno de repente deje de tener miedo». ¿Dónde ha acontecido esta liberación por la reconciliación? La proclamación de la reconciliación le llevó a Jesús a un conflicto mortal con los poderes de su tiempo, tanto religiosos como políticos. Fue expulsado del «campamento» y murió «fuera, ante la puerta» (Hb 13, 12) entre otros repudiados. De este modo, la reconciliación no fue creada en el santuario sino en medio del mundo. Por esto, no podemos hacer de la reconciliación un culto celebrado en el silencio de las iglesias y separado del sufrimiento del mundo. Hay que buscar y recibir la reconciliación de Cristo donde Él mismo sufrió. Reconciliación no es culto para «píos» sino justificación de los «impíos» y amor de Dios a sus enemigos, en medio del mundo (Rm 5, 6). La fuerza de la reconciliación supera todo ghetto y pretende renovar a todo el mundo desde lo que es su fundamento.

Por esto, no hay que situar la reconciliación a un nivel de interioridad. La reconciliación de Cristo y la libertad de su resurrección nos salen al encuentro donde Él mismo sufrió, es decir, en medio de la inhumanidad concreta de nuestra sociedad.

¿Para quién es la reconciliación de Dios en Cristo? Pablo conoce un doble horizonte: por una parte, la reconciliación es «para nosotros», y por otra, «para el mundo» (2 Co 5, 18; 5, 19; Rm 11, 15; Col 1, 20; Ef 2, 16). La contradicción es aparente: es para nosotros, junto con toda creatura y es para todo el mundo, a través de nuestra vida. El horizonte de la reconciliación es el mismo de la creación de Dios. Traicionamos la cruz si nos reservamos nuestra reconciliación y damos al mundo únicamente nuestra compasión y nuestra ayuda. Tenemos que salir de la estrechez de nuestras iglesias y del egoísmo miedoso de nuestras naciones y desarrollar una piedad de solidaridad con todos los condenados de esta tierra. Nuestras iglesias son, en el mejor de los casos, un pequeño comienzo de aquel mundo ya reconciliado por Dios. De la tensión entre «nosotros» y el «mundo» ha de surgir la misión de la libertad, el compromiso por la paz y por la justicia en el mundo.

Finalmente, no podemos olvidar que la reconciliación del mundo fue creada por la muerte y resurrección corporal de Cristo. Por esto, la salvación del mundo no es la de las almas, sino también la redención del cuerpo (1Co 6, 13). Tras tan larga insistencia en la dimensión espiritual e individual de la salvación, empezamos ahora a descubrir el componente «material» y corporal que radica en la nueva creación. El hombre está corporalmente sometido a las enfermedades, a la muerte, al hambre, a la explotación y a la humillación. Los creyentes suspiran también corporalmente con toda creatura por la redención (Rm 8, 23). Salvación en este sentido significa shalom: una nueva creación de todo el hombre, de toda la humanidad con sus personas y sus circunstancias concretas, de cielo y tierra, a fin de que la justicia y la paz acaben por besarse en la tierra. Esto es resurrección. Cuanto más en serio nos tomemos la pasión y muerte corporal de Cristo, más amplio se nos hará el horizonte escatológico de la libertad que nos abre la resurrección.

Vivir en libertad 

¿Cómo se propaga la reconciliación del mundo con Dios en el signo de la cruz?, ¿cómo predicar y actuar de acuerdo con ella? La reconciliación en la cruz es predicada y hecha en este mundo por la fuerza del Espíritu. Es testimoniada por la predicación y los hechos de la justicia. Quisiera mostrar que la cruz de Cristo no es sólo objeto de todo testimonio cristiano, sino también marca y sello de este testimonio.

La palabra de la reconciliación se ha hecho tan ineficaz y tan barata porque el juicio de la cruz, que va vinculado a ella, no es pronunciado de un modo suficientemente claro por los cristianos. La «palabra de la reconciliación» es la «palabra de la cruz», y esta cruz es para unos fuerza de Dios, pero para otros locura y escándalo (1Co 1, 18). Por esto la reconciliación no tiene nada que ver con un neutralismo que no toma partido. Jesús mismo predicó el evangelio del Reino a los pobres y no a los ricos. Era amigo de pecadores y leprosos, no de los fariseos. Su misión iba destinada a todos los hombres, pero Jesús la realizó tomando partido decididamente por los débiles, los discriminados y los sin esperanza. Llega a toda la humanidad entrando en contacto con los más bajo-, con los despreciados. A pesar de la alianza con todo el pueblo, también el AT conoce un Dios que es Dios de los pobres y miserables, refugio de los oprimidos, apoyo de los débiles, defensa de los abandonados, salvación de los desesperados. Esto mismo canta María (Lc 1, 51-53). Si comprendemos de nuevo esta toma de partido del evangelio comprenderemos también el carácter «revolucionario» de la biblia. Su mensaje es un alegre mensaje sólo para los pobres. Para los ricos y para los que se justifican a sí mismos, es penoso y fastidioso. El mensaje de la reconciliación no es la miel religiosa de la buena sociedad sino la sal de la tierra. Y la sal escuece en las heridas de la tierra, pero impide su infección.

Por nosotros, el Crucificado suplica a los hombres que se dejen reconciliar con Dios. El que suplica no tiene poder; abre y extiende sus manos, invita. No presiona ni coacciona a nadie. Su súplica confiere libertad y tiempo a los que invita; les abre un futuro nuevo y reconciliador. Los señores ordenan, los jueces juzgan, los jefes de partido proclaman. Pero Dios suplica por Cristo crucificado y por nosotros.

La reconciliación es vivida en la comunidad cristiana. Esto es lo segundo. Pero, ¿cómo se manifiesta la cruz en la vida de los reconciliados? Las sociedades humanas se fundan en la semejanza de sus miembros. Los semejantes nos confirman en nuestra identidad. La diversidad nos intranquiliza. Por esto es «natural» que amemos a los amigos y despreciemos a los extraños. Pero la comunidad cristiana se funda en otro principio. No es el principio de semejanza sino el de «reconocimiento de los otros» en su diversidad. Este reconocimiento y amor une a los que no son semejantes. La comunidad cristiana es signo de reconciliación en un mundo dividido, si está compuesta «de judíos, gentiles, griegos y bárbaros, señores y esclavos, hombres y mujeres» (Ga 3, 28). El Crucificado está presente en la comunidad cristiana por el Espíritu que reconcilia a los enemigos y crea así una nueva comunidad de reconciliados con Dios (Ef 2, 14 ss). La Iglesia es entonces el cuerpo de Cristo que reconcilia. Y, sin embargo, nuestras iglesias no son así. Continuamente se impone en ellas el principio natural de asociación; los que no son semejantes a nosotros se quedan en la puerta.

Iglesias nacionales, de razas, de clases, son heréticas en su praxis. La Iglesia será sólo un testimonio de esperanza en el mundo cuando sea una comunidad de desiguales, de cultos e incultos, de negros y blancos. Tal comunidad tendrá dificultades en este mundo dividido; será una comunidad bajo el signo de la cruz. Pero es objeto de nuestra esperanza.

Justicia creadora 

El servicio de la reconciliación acontece en los hechos concretos de la liberación. La reconciliación en la cruz lleva consigo un impulso transformador. La resurrección nos lo muestra. Donde reina el Espíritu de la resurrección existe la libertad: una libertad que supera el mundo y por esto lo transforma. La reconciliación, al perdonar la culpa y superar la enemistad, abre un futuro nuevo por el que merece la pena vivir. El reconciliado es también transformado. Para el que cree que Dios ha reconciliado el mundo, cualquier cosa de este mundo es transformable. Todo puede convertirse en nuevo. Una reconciliación que no sea al mismo tiempo transformación de los hombres es un pobre consuelo. Transformación sin reconciliación acaba en el terrorismo. Sólo con la reconciliación se rompe la espiral de la ley y de la violencia. Justicia nueva y creadora, paz creadora, libertad humana surgen sólo de la reconciliación, no de la ley.

El esquema de un mundo dividido se ha enraizado profundamente en nuestro modo de pensar y sentir. Es nuestro propio miedo el que nos lleva a odiar a nuestros enemigos. El que predica el odio tiene miedo.

Los que dominan propagan el esquema amigo-enemigo. Pero Cristo no ha muerto ni contra los «comunistas» ni contra los «blancos», ha muerto por todos ellos. Esto nos exige un nuevo modo de pensar solidario en el amor. Sólo el amor supera el miedo. El amor incluye en sus cálculos al enemigo. Ve en éste al amigo reconciliado y liberado de mañana. Por esto, el amor confía en la capacidad de trasformación del enemigo y desconfía del derecho de la posición propia. Los cristianos resultan unos «camaradas inseguros» en los conflictos sociales y políticos. Luchan también contra los señores injustos, contra los explotadores y racistas. Pero son inmunes contra la seducción del odio y del terror. Saben que el amor de Dios también abraza a los enemigos y que la justicia exige la propia trasformación. Mao dice: «Estamos a favor de los que no quieren la guerra, no queremos ninguna guerra. Pero no se puede acabar con la guerra más que por la guerra… «. Sus enemigos piensan exactamente lo mismo. Se trata de una dialéctica llena de desesperanza. Tampoco nosotros queremos la guerra. Pero creemos que sólo es posible acabar con ella por una paz creadora. Para alcanzarla hay que luchar con los medios de la paz. Es ciertamente posible que determinados cristianos desesperen de los medios pacíficos en su lucha contra la injusticia y acepten la violencia como último recurso. Pero con esto no pueden justificar la aplicación de la violencia. Entonces asumen una culpa que ha de ser perdonada. El que olvida esto y justifica la violencia se hace peligroso para la comunidad. Pero el que no hace nada, para así no incidir en la culpa, ése permanece en deuda con Dios y le debe obediencia. Normalmente no nos encontramos con esta situación límite. Con frecuencia cogemos las armas porque no se nos ocurre algo mejor, el miedo no nos deja. Debemos imponernos a este miedo y desarrollar una fantasía creadora en favor de la paz. En la guerra militar se ha invertido mucha fantasía, técnica científica y estratégica. Por el contrario, apenas nada en favor de la vida, de la paz, de la resistencia no violenta y de la transformación de los enemigos.

Los hombres que combaten entre sí se persiguen y se exterminan están reconciliados en Cristo, aunque no estén todavía redimidos. Nosotros y nuestros enemigos somos transformables. Dios ha hecho posible lo que parecía imposible. Hagamos y practiquemos ya hoy lo que será realidad mañana (Rm 13, 12) y vivamos la libertad que nos otorga la reconciliación.

Notas:

1 El texto original responde a la conferencia que tuvo el autor en la Asamblea general de «Reformierte Weltbund», el 20 de agosto de 1970 en Nairobi (Kenia). Al carácter de la Asamblea le pareció al autor que le correspondía mejor la forma homilética que teológico-científica (N. del T.).

Tomado de: 

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