Cantar en común

por Dietrich Bonhoeffer

 

A la lectura de los salmos y a la lectura bíblica se añade el canto en común; con él la voz de la Iglesia alaba, agradece e implora a su Señor.

«Cantad al Señor un cántico nuevo» nos repite el salmista. Es el cántico nuevo entonado cada mañana, en honor de Cristo, por la comunidad familiar, y que estamos llamados a cantar con toda la Iglesia en la tierra y en el cielo. Dios quiere ser celebrado con un cántico eterno, y entrar en su Iglesia es unir la voz a este coro inmenso. Es «el canto de alegría de las estrellas del alba y las aclamaciones de los hijos de Dios» que suben hasta él de toda la creación (Job 38, 7). Es el canto victorioso de los hijos de Israel después del paso del mar Rojo, el magnificat de María después de la anunciación, el himno de alabanza de Pablo y Silas en la noche de su prisión, «el cántico de Moisés y del Cordero » cantado por los creyentes liberados «sobre un mar de cristal», el himno nuevo de la Iglesia celestial (Ap 15,2).

Cada mañana, la Iglesia aquí en la tierra une su voz a este canto universal y, al atardecer, vuelve sobre él para señalar el final de la jornada. Su finalidad es alabar a Dios trino y su obra. Pero es distinto el cántico en la tierra que en el cielo. En la tierra es el canto de los que creen; en el cielo, el de los que contemplan; en la tierra es un canto hecho de pobres palabras humanas; en el cielo son «palabras inefables que ningún hombre puede expresar» (2 Cor 12, 4), el cántico nuevo que nadie puede aprender si no son «los 144.000» (Ap 14,3) acompañado por «las arpas de Dios» (Ap 15,2). ¿Qué podemos saber nosotros de este cántico nuevo y de esas arpas de Dios? Nuestro cántico nuevo es un canto terrestre, un himno de peregrinos y viajeros a quienes ha llegado la palabra de Dios que ilumina nuestro camino. Está vinculado a la palabra reveladora de Dios en Jesucristo. Es el canto sencillo de los hijos de esta tierra, llamados a ser hijos de Dios; no es un cántico exaltado ni estático, sino centrado en la palabra revelada, con sobriedad, gratitud y recogimiento.

«Cantando y alabando al Señor en vuestros corazones» (Ef 5, 19). El cántico nuevo ha de ser entonado en primer lugar en nuestro corazón. De otro modo no es posible cantarlo. El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto es un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero así el cántico nuevo se transforma en un canto a los ídolos.

«Hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales» (Ef 5, 19). Nuestro cantar sobre esta tierra es lenguaje, palabra cantada. ¿Por qué cantan los cristianos cuando están juntos? Ante todo porque el canto en común les brinda la posibilidad de pronunciar y pedir, juntos y al mismo tiempo, la misma cosa, es decir, manifestar su unidad mediante una palabra común. La palabra cantada tiene su espacio en todas las reuniones cristianas. El hecho de que no hablemos, sino cantemos en común, no hace más que subrayar que las palabras son incapaces de expresar todas nuestras experiencias, mientras que el canto tiene un poder de expresión mucho más rico. Sin embargo el canto está unido a palabras que nosotros pronunciamos para alabar a Dios, darle gracias, invocar y confesar su nombre. De este modo la música está Íntegramente al servicio de la palabra y traduce lo que ésta tiene de incomunicable.

Debido a su total vinculación a la palabra, el canto de la Iglesia, sobre todo el cantado en familia, es esencialmente un canto al unísono. Su naturaleza exige que el vínculo entre la palabra y la música sea simple. Su melodía, totalmente libre, está sostenida única y esencialmente por la fuerza interior de la palabra cantada y por tanto no necesita de ningún apoyo polifónico. «Cantemos hoy con una sola voz, al unísono y desde el fondo del corazón», dice un canto bohemio. «Para que unánimes, a una sola voz, glorifiquéis al Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rom 15, 6). La pureza del canto al unísono, exento de la ornamentación de una musicalidad dudosa; la claridad no enturbiada por las veleidades de asignar a la música un privilegio junto a la palabra; la sencillez y sobriedad, la humanidad y el calor de esa manera de cantar, son las características esenciales que conviene al canto de la Iglesia. Sin embargo, sólo después de un ejercicio paciente nuestro oído llega a abrirse poco a poco a su belleza. La cuestión del canto al unísono en una comunidad depende de su poder de discernimiento espiritual. Por cantar al Señor y su palabra en un mismo espíritu, el canto al unísono se canta desde el corazón.

Existen algunos enemigos del canto al unísono que deben ser eliminados sin contemplación de la comunidad. A través del elemento musical es por donde llegan a introducirse más fácilmente en el culto el mal gusto y la frivolidad. Entre esos enemigos, señalamos en primer lugar la segunda voz improvisada, tan frecuente en los cantos en común y que, intentando dar base y plenitud a la melodía que flota libremente, mata la melodía y la palabra cantada. Otro de los enemigos es la voz baja o alta que se cree en la obligación de llamar la atención de todo el mundo sobre la potencia de su registro cantando una octava diferente. Algo parecido sucede con el solista que quiere hacer valer su magnífica voz cubriendo la de los otros cantores con fortísimos exagerados. Enemigos también, aunque menos peligrosos, son los que «no tienen oído», y por esta razón no quieren cantar, aunque son menos numerosos de lo que pretenden. Más numerosos, en cambio, son los que, a causa de su estado anímico o mal humor, no quieren unirse al canto, rompiendo así la unidad de la comunidad.

El canto al unísono, por difícil que sea, más que musical, es una cuestión espiritual. Sólo en la comunidad donde cada uno adopta interiormente una actitud de recogimiento y disciplina, el canto puede brindarnos el gozo que le es propio incluso con imperfecciones musicales.

Para aprender a cantar al unísono, recomendamos sobre todo los corales de la Reforma, los cantos bohemios y las antiguas melodías de la Iglesia. De esta forma se aprenderá a discernir qué composiciones del cantoral son aptas para este tipo de canto y cuáles no. Todo dogmatismo en este campo es contraproducente. Debe decidirse en cada caso particular, aunque tampoco debemos convertirnos en iconoclastas. Una comunidad doméstica deberá esforzarse por aprender a cantar espontáneamente y de corazón el mayor número posible de cantos. Logrará este propósito si, además del canto libremente escogido, intercala algunos versículos fijos que puedan ser cantados entre las lecturas.

Se ha de cantar, sin embargo, no solamente con ocasión de los actos de culto, sino también a ciertas horas fijas del día o de la semana. Cuanto más cantemos, tanto mayor será nuestra alegría; y sobre todo, cuanto mayor sea el espíritu de comunidad, de disciplina y de alegría con que cantemos tanto más rica será la bendición que se derramará sobre la vida comunitaria.

Es la voz de la Iglesia la que se hace audible en el canto en común. No soy yo el que canta sino la Iglesia, pero como miembro de la Iglesia puedo participar en su canto. Así, el canto en común debe servir para ampliar nuestro horizonte espiritual, para llevarnos a reconocer nuestra comunidad como un eslabón de la gran comunidad cristiana extendida por toda la tierra, y a unir libre y gozosamente nuestro canto -débil o potente- al canto de la Iglesia.

Bonhoeffer, Dietrich. VIDA EN COMUNIDAD. Ediciones Sígueme. Páginas 50 a 54. Salamanca 2003.